miércoles, 7 de octubre de 2009

Capitulo 4

Mi mirada traía recuerdos, recuerdos de Diego en brazos de un hombre, y de otro bebé en brazos de una mujer. Era la primera vez que conseguía tener una imagen, más o menos clara, de aquellas personas.
Lo que había despertado mi memoria era un conjunto de bebé que estaba en el escaparate y que era igual que el que aquel niño llevaba.
Pero, lo más importante, es que podía describirle a Juan a aquellas dos personas: la mujer era rubia, delgada,de unos 30 años, con la clase que da el dinero, aunque fuera vestida sólo con unos vaqueros y una camisa blanca; el hombre era algo mayor, unos cuarenta, ya comenzaba a tener barriga cervecera, aunque no mucha, su aspecto hablaba de trabajo, de alguien que había ido subiendo en la escala social por su esfuerzo. Nada de lo que ahora veía dejaba adivinar que podían llevarse a un niño.
La ropa del escaparate era de una marca exclusiva, seguro que no venderían muchos artículos de aquella marca en aquel pueblo. Entramos en la tienda de ropa infantil y preguntamos por aquel traje, simulando que queríamos comprarlo:
- Si, es muy bonito, se vende muy bien- nos contaba la dependienta.
- Queríamos regalarlo a unos amigos nuestros que viven en este pueblo, y nos preguntábamos si ya lo tendrían. Son una pareja más o menos de nuestra edad, ella es rubia y alta, muy elegante ¿recordáis haberlos visto por aquí?
- Uy! Por aquí viene mucha gente, no sabría decirte.
- Es que nos da miedo comprarlo y que ya lo tengan ¿me puedes decir si has vendido muchos?
- Bueno, no se… tal vez seis o siete.
- Entonces resérvamelo, vamos a verlos ahora mismo y se lo preguntaré a la madre, si no lo tiene vengo a por el traje ¿podemos hacer eso?
- Si, pero sólo para hoy, sí. Pero, ya para el lunes no se lo reservo.
No sé qué esperaba encontrar, pero me di cuenta que teníamos que preparar mejor las preguntas, porque si no, nunca encontraríamos las respuestas que buscábamos.
Lo único que teníamos era la marca de la ropa del bebé, por lo menos teníamos algo que seguir investigando.
La experiencia nos agoto más de lo que parecía y, antes de entrar en la ferretería, nos sentamos en un café que había enfrente.
Mientras tomábamos una coca cola mirábamos a la calle. Juan me miró muy serio y me pregunto:
- ¿Crees que servirá de algo?
- No lo sé, pero lo que sé es que no podemos estar quietos.
- Pero, tal vez si nos dedicamos a esto perdamos a Julia.
- ¿Y no la perderemos más si, después de un tiempo, no hacemos más que pensar que, tal vez, si hubiéramos buscado a Diego lo habríamos encontrado? Quiero enseñarle a Julia que ella y Diego son lo más importante. Pero tienes razón, tendremos que dosificar nuestras fuerzas, para reservarnos para ella.
- Eso es lo que quiero decir, tenemos que tener claro qué ambiente queremos para ella y tal vez, sólo tal vez, en algún momento tendremos que dejar la búsqueda de Diego en segundo lugar, para estar con ella.
- Vale, a partir de ahora los dos estaremos atentos y si detectamos que nos pasamos, que esto se convierte en una obsesión que nos impide darle una vida plena a Julia, pararemos.
Era más fácil decirlo que sentirlo. Aunque, agradecía a Juan su sensibilidad y haberme hecho reflexionar sobre el tema, no podía pensar en dejar algún día de buscar a Diego, en inmediato volvía a sentir el vacío, era un abismo al que no me atrevía a asomarme.
Cuando entramos en la tienda, tan sólo estaban dos o tres clientes y dos dependientes. Esperamos nuestro turno y pedimos hablar con el encargado.
Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, con bigote, el pelo ya habia empezado a clarear con algunas canas.
- Buenos días ¿qué desean?
- Buenos días, la verdad es que no queremos comprar nada – comenzó Juan-. Este verano estuvimos de vacaciones un complejo vacacional, y conocimos a una pareja de este pueblo. La verdad es que nos cayeron muy bien pero no recordamos sus nombres. Al pasar este fin de semana en una casa rural de aquí cerca, hemos pasado por el pueblo y nos hemos acordado de ellos. Lo único que teníamos de ellos era una tarjeta de esta ferretería que se les cayó al irse, y hemos pensado que a lo mejor aquí nos pudieran decir algo de ellos.
- Ya, pero ¿a quién buscan?
- Pues eran un hombre de unos cuarenta, y ella tendría unos treinta… alta, rubia, delgada… y tenían un bebé de unos seis u ocho meses.
- Ya, déjenme pensar… ¡Pedro!, ¿conoces a alguien con algún bebé de seis u ocho meses que venga por aquí?
- No sé, normalmente vienen hombres solos, no acompañados de sus hijos.- dijo Pedro-
- ¿y no conocen a nadie que haya pasado sus vacaciones en Oasis Park este verano?-pregunte yo.
- Al único que conozco que se va de vacaciones a sitios de esos es el antiguo dueño de esta ferretería.
- ¿Y pueden decirme dónde localizarle?
- Hace tiempo que no viene por aquí… Desde hace por lo menos cinco meses. Le gusta hacernos visitas de vez en cuando, dice que le traen recuerdos. Ahora tiene más tiendas, en realidad es el dueño de la cadena de ferreterías, pero comenzó aquí con esta tienda. Pero no sé cómo localizarle, tal vez si llaman a la central…
- Pero, ¿no vive en el pueblo?
- No, aquí no queda nadie de su familia, y se marcho hace tiempo, no se dónde vive.
Salimos de allí, no sabíamos si lo que habíamos recogido daría frutos.
Lo más importante eran los recuerdos recuperados. Podría decirle a la policía mas detalles de aquella pareja, e incluso de sus gustos.
Pero yo ya pensaba en seguir por mi lado con las pistas que habíamos conseguido aquel día: investigaría la marca de ropa (dónde se vendía, cuantos conjuntos existían, si tenían clientes principales, etc.). También llamaría a la central de la cadena de ferreterías, investigaría al dueño, etc.
Regresamos a casa, Julia nos esperaba despierta. A ella le encantaba estar conmigo en la cocina, así que preparamos la cena entre las dos. Se subio a un taburete y se puso a mi lado, ella pelaba ajos con sus dedos regordetes, yo los picaba y los mezclaba con la carne de las albóndigas, ella hacia las bolitas y yo las pasaba por el pan rallado… mientras tanto Julia hablaba, hablaba sin parar y Juan se asomaba de vez en cuando a la cocina y sonreía. Si no fuera por el dolor, casi teníamos que agradecer a la desaparición de Diego ser capaces de ser felices con los detalles más sencillos.
Cuando Julia se durmió, me lance al ordenador. La pista de la marca de ropa no me dio mucho juego, se la dejaría a la policía. Creía que en la página de la ferretería no encontraría nada nuevo, pero entré en la sección de "historia de la marca" y encontré la descripción del dueño: un hombre de cuarenta años que se había hecho a si mismo, el resto de información ya eran datos económicos.
No era mucho, tan sólo una coincidencia en la edad… Tal vez fuera mis ganas de encontrar respuestas, pero no podía dejar de pensar en aquel hombre. ¿Cómo conseguiría información de él? Apague el ordenador y me dirigía al salón donde Juan leia un libro. Al pasar por la entrada, vi unos cuantos sobres que había en la bandeja donde dejábamos el correo, los cogí y me senté junto en el sofá. La mayoría eran cartas del banco o de publicidad, pero había otro sobre, con tan sólo con nuestra dirección, escrito con la misma letra en aquel azul tinta de aquella tarjeta de la ferretería.

3 comentarios:

  1. Por dios!! no puedes escribir mas deprisa ?.... estoy intrigada. Besos

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  2. Ayer Abe se puso a hacer la cena y la comida de hoy para que escribiera, pero hoy estoy sola asi que seguramente no podré ni escribir el capitulo diario, el viernes a Asturias (me llevaré el portatil9.
    besitos

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  3. Querida cuñada:
    Siempre puedes recurrir al telepizza... recuerda que ahora tienes unos lectores por los que mirar.
    Pa Asturias yo te presto mi ordenador... pero sigue!!!.

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