domingo, 2 de enero de 2011

I LOVE ATELIER

Todos coincidimos en este maravilloso mundo que es l´Atelier de Jackie Rueda, pero no todos veníamos por el mismo camino.
Unos ya conocíamos a Jackie y seguíamos su trabajo. Otros supimos de ella gracias a amigos, a blogs, a las casualidades. Pero todos decidimos aceptar un día ese divertido juego fotográfico que nos proponía. Así nació el grupo L´Atelier Noviembre 2010.

Lo primero que sentimos fue emoción, ese gusanillo en la tripa durante la espera y cuando llegó el gran día temor. ¿Nos habremos equivocado? ¡Aquí pone grupo de enero 2011! Y así nació esta aventura fotográfica.

Uno espera un curso de fotografía y ¿qué es lo que encuentra? Pues así, de sopetón, te das de frente con el amor, el optimismo, la pasión, el trabajo bien hecho, la búsqueda de detalles, la belleza, el cariño, la amistad, la felicidad y la ilusión. Esa ilusión perdida, dormida o anquilosada por las cosas cotidianas la despierta Jackie. Hará que estés deseando despertar cada mañana para ver cual es la idea diaria. Hará que esperes con impaciencia y un poquito de temor (por qué no decirlo) el juego semanal. Hará que te olvides de todo y te quedes enganchado a la pantalla del ordenador para ver qué inspiradoras y maravillosas fotos han colgado tus compañeros. Hará que pierdas la vergüenza en mostrar las tuyas. Hará que te diviertas como un niño pequeño con las ocurrencias y vivencias de tus ya amigos.
Entrar en el l´Atelier de Jackie Rueda es crecer. Crecer fotográficamente, pero sobre todo, como persona.

Por todo ello, por que sentimos que nos ha dado un pedacito ENOOORME de su corazón, decidimos al terminar el curso hacerle un regalo: nuestros corazones.




Te queremos Jackie ♥

Si has leído esto y te ha picado el gusanillo, puedes encontrar más información aqui. Pero recuerda, hay un antes y un después de L´Atelier, ya no volverás a ser el mismo... ¿aceptas el reto?

lunes, 6 de diciembre de 2010

domingo, 7 de noviembre de 2010

desayuno


desayuno, originalmente cargada por En colmenar.

paula estaba muy guapa hoy

miércoles, 13 de octubre de 2010

otoño


otoño , originalmente cargada por En colmenar.

Los primeros efectos del otoño ya se dejan sentir en mi jardin

las ultimas rosas


las ultimas rosas, originalmente cargada por En colmenar.

Estas son la últimas rosas de este verano

mis teteras


mis teteras, originalmente cargada por En colmenar.

Colecciono teteras, todas tienen que cumplir con el requisito de que se pueden usar para hacer el té, es decir, no pueden ser de adorno, la bajita fue mi la primera incorporación a la colección, la compre en el rastro hace mucho tiempo

salir al jardin


salir al jardin, originalmente cargada por En colmenar.

el grupo de LVM tiene como tema este mes fotos "a ras de suelo", esta es la última que he subido.
¿Te apetece dar un paseo?

jueves, 7 de octubre de 2010

lunes, 28 de diciembre de 2009

Capitulo final

No podía entender qué era lo que estaba haciendo allí. La miraba y lo único que hacia era intentar recordar las razones por las que había aceptado ir a verla a la cárcel.
La mujer de Pedro me miraba desde su elegancia a pesar de que todo a su alrededor era vulgar.
Quise sentir odio, rencor, la rabia que experimentaba día a día, segundo a segundo hace escasos dos meses, pero su mirada limpia me atravesaba y me invitaba a la tranquilidad.
Había ido allí, ahora lo recordaba, con la intención de entender, más que mostrar mi dolor, quería saber porqué.
María, así se llamaba, no se atrevió a darme el abrazo que había iniciado, pero pude notar que mi presencia la alegraba y que su mirada, que hasta el momento en el que me vio era apagada, cambiaba con una chispa de esperanza.
¿Por qué me había llamado? ¿Qué querría de mí? ¿Sería una estrategia de su abogado?
Sus primeras palabras fueron para agradecerme mi visita, y después para pedirme perdón por haberse llevado a Diego de nuestro lado.
Sólo escuchar el nombre de mi hijo en su boca hizo que la pesadilla volviera a repetirse dentro de mi, volvía a recordar aquellos primeros minutos de esperanza y desesperación en los que buscábamos a Diego por todos lados, me perdí en mis recuerdos y no escuchaba lo qué me hablaba hasta que oí:
- Yo amaba, y sigo amando, a Pedro…
Quise hablar, chillarle que a mi no me importaba nada de lo que sintiera por aquel hombre, pero la sorpresa de que hubiera empezado a hablarme con una declaración de amor me lo impidió.
- Nunca había conocido a nadie como él. Nada de lo que antes les había gustado a mis anteriores novios o era admirado por mi entorno le llamaba a la atención. No fueron mis ojos, ni mi boca, ni mi estilo lo que él quería, tampoco le importaba mi dinero ni mi nivel social. No era un patán nuevo rico que pretendía casarse con la niña bien de la sociedad para mejorar su estatus. Tampoco intentaba impresionarme con lo que había conseguido, no hacia ninguna ostentación de lo que ganaba…
¿Qué era aquella cháchara? ¿A qué venia? Aquel hombre me había causado el dolor más grande que cualquiera pudiera sentir y ella le describía como el amante ideal de las novelas de amor de adolescentes, estuve a punto de levantarme, creo que casi comencé el movimiento pero una mano de María se acercó a la mía y me detuvo.
- Sé que lo que le cuento no le importa nada, pero por favor, déjeme hablar, déjeme que le cuente porqué le ayude, y por qué no podía traicionarle.
La necesidad de saber me sentó de nuevo. María comenzó su relato mientras mi silencio la acompañaba, sólo estaba pendiente de sus palabras.

“Pedro, como ya sabes, era un hombre de pueblo que se hizo a si mismo. Comenzó trabajando en el pueblo y sólo se dedicaba a su madre y a su tienda. No se le conoció novia, ni hubo rumores de amantes hasta la treintena, cuando su negocio comenzó a despuntar.
Entonces, comenzaron a relacionarlo con la hija del dueño de la fábrica de galletas, una chica bastante más joven que él, tendría unos dieciséis o diecisiete años. Todo el mundo pensó que se liaba con la chica para llegar al dinero del padre, que casándose con ella conseguiría más que con su negocio.
Ella parecía una chica frágil y manejable, que podría ser fácilmente engañada. Tan sólo acertaban en lo de frágil porque, la realidad, a todos los ojos oculta, demostró que era ella la que manejaba a su padre y a Pedro a su voluntad.
Pedro no había cambiado, seguía sin estar interesado en nada más que no fuera su negocio y su madre, pero un día ella entró en la tienda y decidió que sería su mujer. Se encaprichó de la seriedad de Pedro y del aire de bondad y ternura que le rodeaba.
Comenzó un acoso adolescente: ella se hacia la encontradiza con él en todos los lugares imaginables del pueblo, se inventaba tareas y reparaciones absurdas en su casa para ir a la tienda y esperaba a la puerta hasta que era Pedro el que la atendía. Pero Pedro parecía que no se daba cuenta de nada, aunque en su interior, según me contó el más tarde se sentía abrumado y también halagado. Los del pueblo comenzaron a presenciar estos encuentros y, lejos de pensar en que era ella la que los organizaba, difundieron los rumores de que Pedro rondaba a la chica. Supongo que todos somos simples y nos es más fácil creer en un hombre que decide conseguir el dinero por unas faldas que en un capricho de una adolescente.
Los cuentos llegaron hasta el padre de la chica, que como todos, pensó que era Pedro el responsable de estos encuentros y decidió acabar con la situación. El pobre hombre ya era mayor y no tenía más que a esta hija y la había mimado en todo aquello que ella pedía. Un día llamó a Pedro y este acudió a la fábrica pensando en algún encargo para la tienda.
El hombre intentó chantajear a Pedro para que abandonara la persecución de su niña ofreciéndole el dinero que pidiera. Pedro se sintió ofendido e intento, sin mucho éxito, explicar la verdad, que era ella quien le perseguía y que no podía hacer nada por evitarlo. Aquella conversación tuvo en Pedro casi el efecto contrario de lo que pretendía el padre de ella: si hasta ahora se sentía halagado por el cerco al que le sometía la chica, pero sin llegar a creérselo del todo, le convenció que ella le amaba y por primera vez en su vida sintió la necesidad de una pareja.
A partir de ese momento, cada vez que se encontraba con ella, le devolvía las sonrisas, le hacia algún comentario sobre cualquier cosa e iniciaban una conversación. Comenzaron a citarse, siempre fuera del pueblo, siempre en lugares lejos de las miradas de todos y entonces, cuando de verdad se liaron, se acabaron los rumores en el pueblo: dejaron de verla entrar en la tienda, ya no los veían en cualquier calle, ella parando su moto y el deteniendo su paseo, ya no se los encontraban lanzándose miradas en el bar de la plaza.
La chica se quedó embarazada y casi cuando Pedro se le salía el corazón por la alegría de ser padre y le iba a hacer una proposición de matrimonio, el padre de ella se enteró y se la llevó del pueblo. Se fueron los dos y Pedro no volvió a saber de ella. El dolor de perder lo que acababa de descubrir, el poder de sentirse acompañado en todo momento, hizo que Pedro se concentrará aun más en su tienda y coincidió con el inicio de las urbanizaciones con lo que Pedro se hizo rico, y las malas lenguas unieron la desaparición de la chica y el dinero de Pedro y decidieron que el padre le había pagado para que la dejara en paz.
Casi dos años después, recibió una llamada del padre citándole en la capital. Pedro acudió con más curiosidad que ganas de recuperar a la chica y a su hijo porque, en el tiempo transcurrido casi los habían olvidado.
Se encontró a un hombre envejecido, con más dolor en su mirada que carne sobre sus huesos, le estrecho la mano y, según me contó Pedro, sintió que con ese gesto le transmitía una gran responsabilidad.
El hombre hablaba despacio, casi en un susurro. Comenzó pidiéndole perdón por haberse llevado a la chica lejos, le contó que ahora entendía que había sido ella la que le acoso hasta conseguir que cayera en sus redes. Con su palabrería fue consiguiendo que las defensas de Pedro se fueran bajando y estuviera listo para aceptar su plan. ¡Su maldito plan!

Si, ella se había ido embarazada, pero ya durante el embarazo el padre comenzó a notar que algo no iba bien, que ella parecía que en algún momento perdía la realidad, ya que hablaba de Pedro como si lo acabará de ver y contaba los planes de futuro que ella y su hijo tendrían con él.
Cuando nació el niño se tranquilizó pero aunque este tenía un aspecto regordete y sano, los médicos diagnosticaron un problema sin solución y el niño murió a los seis meses. Desde ese momento ella se volvió loca, lloraba todo el día incapaz de aceptar la muerte del bebé, fabulaba que se lo habían robado y que en algún momento lo encontrarían, amenazaba al padre con cualquier cosa si no llamaban a la policía, su hijo tenía que volver.
Al principio el padre pensó que si le daba una ocupación se tranquilizaría y organizó la pequeña nave que visteis como si fuera un almacén con la ayuda del más fiel de sus trabajadores simularon un negocio que en realidad no existía, la fabrica de galletas cerró y el padre y aquel buen hombre se dedicaron a cuidar de ella dándole trabajos que ocuparan su mente y su tiempo.”
La mención del almacén hizo que recordará aquel momento en el que, junto aquella mujer, recorrí el pasillo hasta que llegar a la puerta tras la que podía estar Diego vivo o muerto, y volví a sentir aquella necesidad de no saber, de preferir mantener la esperanza a la confirmación de que Diego ya no estaba. Comencé a entender a aquella mujer que ante la muerte de su hijo inventara un secuestro que tendría un final feliz: la esperanza es más tentadora que el dolor de la pérdida.
“Todo funcionó durante algún tiempo, la chica parecía que se tranquilizaba, pero no duro mucho, volvieron los gritos, los llantos, la desesperación y un día cuando daban un paseo para distraerla por la ciudad, la perdieron de vista. Cuando la desesperación del padre era casi como la de la chica ella regresó tranquila, con una mirada llena de luz y con un niño de más o menos seis meses en los brazos.
Ella hablaba y hablaba con una sonrisa permanente en los labios del regreso de su hijo, se lo mostraba al padre una y otra vez, y él, no podía hacer otra cosa que llorar sabiendo que había recuperado a su hija pero que tendría que volver a perderla al arrebatarle al bebé de sus brazos para devolverlo a sus padres. Pero la felicidad da fuerzas para superar el bien o el mal, el egoísmo fue superando las barreras de la justicia y, al principio, el padre pensaba que no pasaría nada por disfrutar de su hija una tarde, una mañana más, un par de días… Y así fue dejando pasar las semanas y de repente se dio cuenta de que ya no podía devolver a aquel niño, de que no tendría fuerzas para desprenderse de la alegría de su hija.
Regresaron a la nave y a las rutinas que ya habían instaurado para simular un trabajo que en realidad no existía se añadieron las de cuidar de un bebé ocultándolo de todos.
Pero aquello tampoco trajo la estabilidad, según el niño iba creciendo a la chica le volvía la locura, o recuperaba la cordura, porque comenzaba con comentarios aislados en los que no reconocía al niño, para al segundo siguiente decir que los ojos, o la boca, eran igual que los de ella o los de Pedro. Cada día iba sentía menos al niño como suyo, pero comenzó con otra fabulación: le habían cambiado de niño y el suyo habría que recuperarlo. La presión sobre el padre volvió, pero el ya estaba enfermo y moriría dentro de poco y por eso había llamado a Pedro: quería que fuera él el que cuidara de ella y del pequeño.
Pedro, que al principio se había escandalizado, recordó la felicidad que había conocido con la chica, aquella alegría que lo acompañaba a todas partes y junto con los recuerdos le cayo el peso de la responsabilidad. Porque todavía no sé si fue él o el padre que lo manipuló, pero lo cierto es que Pedro comenzó a sentirse culpable de lo que había ocurrido y como lo único que había hecho en su vida había sido proteger a su madre, decidió que también tendría que proteger a aquella chica y al niño.
Cuando el padre murió la chica ya estaba casi fuera de si, reclamando a su hijo una y otra vez, insultaba a Pedro por no hacer nada, hasta que llegó un momento en el que Pedro temió por la salud del niño y por la de ella.
En uno de los viajes que Pedro hizo para abrir una franquicia de su tienda, dio un paseo por la ciudad cuando ya había abandonado el hotel y se sentó en un parque, y se encerró en sus pensamientos hasta que en un momento determinado vio como una madre abandonaba a su bebé para ir a atender al hermano mayor que se había caído, y sin saber muy bien lo que hacia se vio a si mismo con el bebé en los brazos corriendo hacia el coche y alejándose.
Llego a la nave y le entregó el bebé a la chica, y vio la luz que volvía a su mirada y ya no tuvo fuerzas para deshacer lo que había hecho. Ella no se extraño de que su “hijo” no hubiera crecido en todo ese tiempo y lo cogíó en sus brazos acurrucándolo, se lo enseño al otro niño y sonrío. Por un momento parecía que todo estaba en orden que sólo había una familia, con una joven madre que le mostraba el hermano pequeño al mayor.
Ella cuidaba de los dos niños, nunca pensó en devolver al mayor, al que daba por abandonado o adoptado por su padre. Pedro pensó que ya lo habían conseguido y dejó en manos de aquel hombre fiel el cuidado de los tres. Pero la historia se repitió, al cabo de un tiempo la chica volvía de su locura a una cordura aun más loca y reclamaba a su hijo de nuevo, pero Pedro que en algún momento llego a pensar que con ella y los niños tendría su familia, ya no podía más, no podía estar con ella ni con los niños sin sentir la culpa, el peso de los dos secuestros y se alejaba cada vez más de ellos. Sólo quedaba su sentido de la responsabilidad, la promesa que le había hecho al padre de cuidar de ella.
Pero las demandas de ella cada vez eran más fuertes, no podía mirar a aquellos ojos y en otro de los viajes volvió a secuestrar a otro niño. De nuevo la respuesta de ella fue la misma: acoger al bebé como suyo. La nueva tranquilidad permitió a Pedro alejarse e incluso olvidarse de toda la historia.
En uno de esos viajes me conoció, me dijo que le llamó la atención mis ojos limpios, la frescura de mi risa, y que no le trataba ni como a un patán de pueblo (como el se sentía) ni como a un nuevo rico (como pensaban los demás). Comenzamos una relación tranquila, donde la fascinación del uno por el otro cada día era más fuerte: yo descubría su inteligencia, su tesón; el descubría ni capacidad de dominar el mundo, mi rapidez de pensamiento; yo me enamoraba de su bondad, el me mostraba mi capacidad de hacer felices a los demás…
Nos casamos y comenzó la época más feliz de mi vida. Pedro nunca me contó nada de los bebés, vivimos unos meses de perpetua luna de miel aunque suene muy cursi. Me quede embarazada y nació nuestro hijo, cuando llegó el verano pensamos en irnos a la playa unos días y nos fuimos a un apartamento de unos amigos cerca del complejo de vacaciones en el que vosotros estabais.
La noche antes de la partida, después de acostar al niño Pedro me miro más serio que nunca y yo pensé que me dejaba, que nuestra historia había acabado, que se había cansado de la niña pija y que me devolvía, por eso cuando me contó la historia de los bebés más que escandalizarme sentí un alivio enorme.
Mi amor por él me arrastró en esta historia de locura, no fui capaz de poner ni un pero y cuando al final me dijo que todo había vuelto a empezar que otra vez estaba todo fuera de control y que tendríamos que darle otro bebé mi primera reacción fue mirar al nuestro pensando que era eso lo que él quería: entregarle al niño a ella.
Debió adivinar mi miedo y me tranquilizo diciéndome que nada ni nadie me separaría de nuestro hijo pero que tendríamos que coger otro más, y que el momento ideal era al día siguiente porque nos íbamos de allí, y que nuestra presencia no se había quedado registrada en ningún lugar.
Esa noche no pude dormir, me debatía entre mantener mi vida como había sido hasta entonces y el dolor que sentirían los padres y madres de aquellos niños que habían desaparecido de sus vidas. Por la mañana llegue a la conclusión de que ayudaría a mi marido, pero que, para tranquilizar mi conciencia, intentaría dejar pistas a los padres del bebé que cogiéramos, para que fueran otros los que pusieran fin a aquella historia: dejaba en manos del azar lo que yo no tenia fuerzas para hacer. Por eso preparé la tarjeta con la nota y la metí en el catálogo del centro vacacional y le pague a una limpiadora para que lo metiera en vuestras maletas.
Ese pequeño gesto tranquilizó mi conciencia durante unas semanas pero cada vez que abrazaba a mi pequeño no podía dejar de pensar en ti. Por eso aproveche mis contactos de diseño y encargue la caja, que metí entre el pedido que habían hecho tus familiares y que esperaba en la puerta de tu casa a que lo metieran dentro, mis amigos medio hakers me enseñaron, como si fuera un juego, a mandar email desde cualquier dirección.
Pero lo que no sabia era el peligro que corrían los niños en aquella nave, con aquella vecina fumigando todo con herbicidas e insecticidas y que se filtraban por las paredes de la habitación en la que estaban.
Lo siento, lo hice por amor, como todos los demás…”
Ya no escuche más, ya no podía más… No sé si ella esperaba algo de mí, pero no pude decir ni una palabra, tan sólo me puse de pie y salí de aquella habitación en la que, de repente, no podía respirar.
Los jirones de esta historia, los retazos de humanidad con los que todos habían ido tomando sus decisiones, el mal y el bien, se mezclaban con los recuerdos de mi mano a punto de abrir la puerta tras la que podría estar mi hijo, cuando un estruendo llego a mis oídos, y pude ver a Paula, la agente de policía, sonriendo a mi lado abriendo la puerta que yo no me atrevía a abrir y saliendo de aquella habitación con Diego y dejándolo en mis brazos.
Tal vez, el recuerdo de su calor, de sus ojos abriéndose poco a poco, de su sonrisa tenue hizo que casi, sólo casi, entendiera a María y a todos los implicados en esta historia.



domingo, 22 de noviembre de 2009

Capítulo 8

¡Juan!- grité.

La sensación de embotamiento se agravó, mi grito parecía que era lo último que yo era capaz de hacer de forma consciente, me aleje de mi cuerpo y me veía a mi misma como una zombi dando pasos sin sentido y moviéndome despacio y sin saber porqué.

¿Cómo era posible que allí también estuviera aquella dichosa letra? ¿Si yo no había tenido tiempo de leer los papelitos, porque sentía que el mensaje era: ¡Ya habéis llegado"? Pero, ¿llegado a dónde?

Juan se giró asustado, no hizo falta hablar, sólo me miró y vió aquellos papeles que volaban y mi dedo que los señalaban, y se lanzó a recogerlos de entre los rosales lanzando maldiciones con cada pinchazo que se hacía con las espinas.

Mis pasos me dirigían hacia él y, mientras bajaba los escalones que salvaban el desnivel entre la carretera y la nave, mi mirada se perdía alrededor, ¿qué captaba mi atención aturdida?, ¿qué era lo que intentaba atravesar mi muro de inconsciencia?

El jardín de la parcela siguiente estaba al mismo nivel que la acera, y estaba completamente destrozado, como si lo hubieran arrancado. Plantas y tubos estaban desparramados por todos lados, nada parecía que estaba en su lugar. El muro de contención que separaba ambos jardines se había aprovechado para construir una serie de vitrinas, seguramente destinadas a exponer los productos de la fábrica, pero lo que ahora acogían parecía una colección de objetos sin ninguna relación entre ellos.

Me pare y abrí una de las vitrinas y vi como mi mano agarraba una bola dorada. Al cogerla aquella “cosa” comenzó a abrirse y a sonar una nana. Al ritmo de la música, se iban abriendo capas como gajos de una naranja y se iba reconstruyendo en otra figura que recordaba a una mariposa. Yo estaba como hipnotizada con aquella bola que se movía en mis manos, y no me di cuenta cuando la música acabó, y la última capa se desplegó: en el centro encontré otro papelito con el nombre de Diego.

¿Qué locura era aquella? Mis ojos intentaban abrirse, aunque ya estaban abiertos, tenía que despertarme, todo aquello no podía estar pasando, tenía que ser un sueño… Pero no, no me despertaba, mi capacidad de mantenerme como aislada de todo y, a la vez, sentir como cada vez me hundía más y más en un pozo de incertidumbre parecía que no tenia límites. Yo ya no gritaba, ya no lloraba, ya no me sorprendía nada, tan sólo me comunicaba con la mirada con Juan, que siempre estaba a mi lado.

Fui cogiendo los diferentes objetos que había en la vitrina y cada uno de ellos tenía un nombre masculino: Miguel, Enrique, David, etc.

Juan ya había recogido bastantes papelitos y me los mostraba, en cada uno de ellos había una palabra suelta, “llegado” “esta” “siento” “aquí”, etc. En sus ojos vi que había llegado a la misma conclusión que yo había tenido de una forma intuitiva, los papeles daban a entender que en aquel lugar encontraríamos a Diego.

Yo le mostré la bola dorada y los demás objetos y sus papeles, Juan me cogíó de la mano y me llevo hacia la nave.

Mientras avanzábamos oíamos gritos en el interior, nos llegaban palabras sueltas de las que sólo entendí claramente “insecticidas” y “enfermos”, pero al cruzar la puerta los gritos finalizaron y lo que vimos fue una nave-almacén con una pequeña oficina al lado y en la que nada destacaba.

Delante de la oficina, un hombre parecía chequear una lista comprobando unos paquetes, y levantó la mirada para saludarnos.

Juan me soltó de la mano y se dirigió hacia aquel hombre:
- ¡Buenos días!
- ¡Buenos días! ¿Qué desean?

Juan me miró, note que toda su determinación se había acabado, no podía continuar, continúe yo.

- Hola, buscábamos una antigua fabrica de galletas que nos han dicho que hay por aquí, ¿Podría decirnos cómo llegar?
- ¿La fábrica de galletas? Hace años que esta cerrada, ya no hay nada allí, solo son ruinas abandonadas, ¿para qué quieren ir allí?
- Bueno, estamos haciendo un reportaje del tejido industrial antiguo, sobre fábricas de harinas, galletas, etc., que había por la zona –improvisé-. Nos dijeron que el edificio merecía la pena y también que el diseño de las cajas de sus productos eran muy interesantes. ¿Conoce a alguien que trabajará allí hace años? Tal vez pudiéramos hablar con ellos e incluso puede que guarden alguna caja.

La cara del hombre fue cambiando poco a poco, del interés que se muestra al desconocido, pasando por el orgullo, pero terminando en una expresión que casi mostraba miedo. Su respuesta tardaba en llegar, como si se debatiera en un debate interno sobre lo que hacer. Para controlar mis ganas de zarandearle, mi mirada pasó por encima de él y se dirigió hacia la oficina en la que una mujer trabajaba y una mancha roja de una de las estanterías llamó mi atención.

El hombre comenzaba a hablar pero yo no escuche, me acerque a la oficina y me dirigí hacia la mancha roja, pero no fue necesario llegar: era una caja de galletas con aquel diseño que encontré en Internet.

- …yo trabajé allí, y muchos en el pueblo también, pueden preguntar allí, seguro que habrá gente que le cuente cosas, yo la verdad es que sólo estaba en el almacén y no estuve mucho tiempo.- decía el hombre.
- ¿Por qué cerraron?
- El dueño enfermó, después se murió y ya nadie continúo con el negocio.
- Ya, pero nos han dicho que tenía una hija, ¿no es así?
- Si, tuvo una hija, pero ella se marchó también y no regresó…
- Y ¿quién liquidó el negocio entonces?
- Vino un abogado de la ciudad, traía papeles que le permitían cerrar la fábrica, indemnizó a todos y cerró. Fin de la historia.
- ¿Y no recuerda a ese abogado? ¿No podría darnos su nombre?
- ¿Para que lo quieren? Yo les puedo decir dónde están las ruinas, hacen unas fotos y ya tienen su reportaje.
- Bueno, nos gustaría hablar de porqué la cerraron…
- ¡Ya le he dicho que la historia acabó!

Notaba cómo su nerviosismo iba en aumento, si lo presionaba más terminaría por echarnos de allí, no sabía cómo calmarle, cuando vi a Juan que entraba en la oficina y comenzaba a hablar con la mujer que allí estaba.

- Tú eres la hija del dueño de la fábrica de galletas ¿verdad?- le soltó Juan de forma directa, mirando a los ojos de aquella mujer.
- Sí, contesto ella.

No me lo podía creer, yo había estado dando vueltas con aquel hombre y Juan había deducido a un golpe de vista la relación entre aquella mujer y lo que nosotros estábamos buscando. La cara del hombre se descompuso del todo, no sabía qué hacer, bajo la mirada y se encogió sobre si mismo, en un susurro comenzó a decir:

- Se lo prometí a su padre, que cuidaría siempre de ella, no está bien de la cabeza, vive en un mundo propio lleno de historias imposibles…
- Cuando entramos, les oímos discutir, parecía que hablaban de gente que se ponía enferma…
- ¿Han visto el jardín de al lado? Está todo destrozado, lo ha hecho ella, ha arrancado todo el riego, porque dice que la vecina utiliza insecticidas y fertilizantes que contaminan todo y que mata a los niños.
- ¿Qué niños?
- ¡Y yo qué sé! Se lo inventa todo, lo vive como si fuera real…

Yo sentía que habíamos llegado a algo pero que lo volvíamos a perder…

Juan me cogía de la mano y parecía que tiraba de mí para irnos, pero yo no podía irme, no me podía rendir, y a pesar que Juan tiraba de mí más y más fuerte yo me solté y llegué hasta la mujer.

- ¿Están enfermos los niños?
- Si, y yo estoy muy triste pero no puedo llamar al médico- me dijo en un susurro.
- ¡Lo ve, delira!- gritaba el hombre- ¡Déjenla en paz!
- ¡Vámonos, llamemos a la policía!- me susurraba Juan a mi oído.

Me estaba mareando, pero tenía que continuar y entonces escuche:
- ¿Te gustaría verlos?- dijo la mujer
- Si- contesté.

Y, entonces, comenzó a caminar conmigo de la mano, mientras que Juan intentaba detenerme. El corazón latía de forma inversa a la tranquilidad con la que yo me movía. La mujer iba hablando mientras tiraba de mi por un pasillo que había junto a la oficina y que giraba a derecha e izquierda como en un laberinto.

- -…me lo quitaron... esos niños no son mi niño, pero yo los cuido, pero esa bruja los esta matando, ha contaminado todo, el pequeño esta malito, esta mañana lo deje dormido…

La cháchara de la mujer era continua sin cambios de tono, no mostraba ningún sentimiento, era como si me estuvieran contando un cuento, pero cada palabra que ella decía se me clavaba como si fuera un cuchillo, no podía hacer otra cosa que seguirla, no sabía dónde se había quedado Juan ni aquel hombre del almacén, bajamos unos cuantos escalones, continuamos caminando y de repente ella se paró.
-…no se si estará vivo…

¿De quién hablaba? ¿En qué momento había dejado de escucharla? Ella se paró delante de una puerta, la mano de la mujer cogía una llave que tenia colgada del cuello y la introdujo en la cerradura, mientras yo pensaba que tal vez hablaba de Diego y que podía estar muerto y, en ese momento, no sabía si prefería correr lejos y poder seguir pensando que Diego podía esta vivo, a tener la certeza de que Diego estaba muerto.