La policía volvió a casa de nuevo. Juan y yo no habíamos abierto el sobre, para no contaminarlo con nuestras huellas.
La policía se llevó el sobre, para abrirlo en el laboratorio. Además le contamos lo de ropa del bebé por si podían utilizarlo como pista, también les contamos el recuerdo que había regresado a mi memoria y les describí a aquella pareja con mucho más detalle. Prometieron que nos informarían del contenido del sobre y que investigarían la pista de la ropa. Del dueño de la ferretería no dijimos nada, la verdad es que ahora me parecía una tontería.
La espera fue dura, muy dura- ¿Qué habría en aquel sobre? ¿Cuál sería el siguiente mensaje? ¿Nos pedirían algún rescate?... Mil, cien mil preguntas se iban formulando en nuestras cabezas, y la impaciencia aumentaba a cada segundo.
A la mañana siguiente vino a casa una policía nueva, era una agente alta, atlética, con el pelo largo castaño, parecía muy joven.
El mensaje del sobre era muy simple: “No está solo”.
La agente, que extrañamente nos dio su nombre-Paula, hizo lo que hasta ahora no habían hecho otros policías: nos escucho.
Se sentó con nosotros en el sofá y nos fue preguntando por todo lo que pudiéramos recordar y que a nosotros nos hubiera llamado la atención. Lo extraño era que no sólo contábamos los hechos sino también nuestros sentimientos.
Juan y yo fuimos desgranando cada pequeño recuerdo que teníamos de aquel día, comentamos sin pudor como nos sentíamos, le dijimos las hipótesis que habíamos manejado sobre la primera tarjeta y aquella caja de galletas, a pesar de que en otras ocasiones tan sólo habíamos encontrado la compasión que producía la locura provocada por la falta de nuestro hijo.
Así le fuimos diciendo cómo habíamos llegado a la conclusión de que yo no había escrito aquella tarjeta, ni había mandado aquel email. También le contamos nuestra excursión al pueblo y lo que habíamos averiguado en la tienda de ropa y en la ferretería.
Ella recogió cada comentario y por último nos pregunto que significado le dábamos a aquel nuevo mensaje.
Tras superar la decepción de no encontrar un mensaje más concreto que nos dijera dónde estaba Diego , lo primero que nos sugirió el mensaje era que Diego estaba vivo.
Puede que para los demás , esto fuera una obviedad, pero para nosotros que llevábamos casi dos meses en la alternancia de la esperanza y la desesperación, esto era lo más importante.
“No está solo”, aquel mensaje nos sugería dos posibilidades: la primera era que Diego estaba siendo cuidado, pero la segunda era aterradora: había más niños o niñas que también habían desaparecido de sus hogares.
Paula se marcho prometiéndonos que nos mantendría informados de todo lo que fuera averiguando.
Cuando no estábamos con Julia, yo me lanzaba al ordenador, me había obsesionado con el dueño de la cadena de ferreterías. No había ninguna razón objetiva, tan sólo la coincidencia en la edad y en la descripción que hacían en la página web y la sensación que me había dado cuando le vimos.
Pero aunque en la página web decían su nombre, no fui capaz de encontrar ni una sólo imagen de él, ni más información que los pocos datos económicos que daban en la misma página. No pude encontrar información sobre si estaba casado o no, si tenía o no hijos, dónde vivía ahora. Parecía que era una mera invención económica porque, excepto el nombre, nada de lo que encontraba me hablaba de un ser humano.
Al siguiente fin de semana volvimos a aquel pueblo, pretendíamos saber algo más de aquel hombre.
Juan y yo nos sentamos en un banco de la plaza del pueblo y esperamos a que los mayores del lugar fueran apareciendo. No llevábamos más de media hora cuando un hombre, que arrastraba los pies, se sentó a nuestro lado. Juan, que siempre demostró mayor capacidad que yo para concectar con la gente, comento lo buen día que hacía y recurrió a algunos lugares comunes sobre el tiempo y cómo se estaba notando el cambio climático.
Del tiempo, pasamos a hablar del pasado, de si la gente había emigrado en otra época para poder prosperar en la vida. Después yo pregunte si ahora también ocurría eso, el hombre nos indicó que ahora la emigración era distinta, que mucha gente había venido de otros países al pueblo, en el que encontraban viviendas asequibles, pero que trabajaban en la ciudad, en la construcción: autobuses llenos de trabajadores salían todas las mañanas desde esa misma plaza en la que estábamos y regresaban al anochecer. Esto había producido un pequeño auge del pueblo, había más gente y con más necesidades, lo que había generado que ahora hubiera negocios que hace poco parecía que iban a desaparecer.
- Al pasar por el pueblo, hemos visto varias tiendas como las que vemos en Madrid, nos hemos fijado en una tienda de ropa para niños y hasta en una ferretería de una cadena.- dijo Juan.
- Ah, la ferretería… pues esa no es de fuera, esa nació aquí, era de un chaval que nació aquí, pero que se marcho, no sabemos si porque hizo dinero o por lo que pasó…
- ¿Por lo qué pasó?
- Mira, no me gusta hablar mal de la gente, el Pedro era un buen chaval, muy trabajador y callao. Vivía sólo con su madre, la pobre ya murió. La ferretería entonces era una tienda pequeña en la que se vendía de to. Con la llegada de los forasteros comenzó a crecer, y empezó a vender cosas pa hacer arreglos en casa: cosas de electricidad, herramientas pa la construcción, tornillos y demás. Y entonces se fue.
- ¿Se fue?, pero ¿Por qué?
- No hubo na más que rumores, dicen que se lió con la hija del dueño de la fábrica de galletas que había aquí.
- ¿Fábrica de galletas? ¿Sigue funcionando?
- No, ya murió el padre y de la chica tampoco se supo nunca nada más.
- ¿Y qué pasó?
- Lo que dicen los rumores es que el padre de la chica se entero del noviazgo y no se lo tomo na bien, ¡No señor! Debía parecerle poco pa su chica un chico que, aunque trabajador, no tenía estudios ni na y que sólo tenía una tienducha de tornillos.
- Pero ¿qué decían los rumores?
- Na en concreto, habladurías de vieja, pero decían que si la chica había tenido un hijo, que si el padre había pagado al chico para que se fuera del pueblo… Na, yo creo que eran envidias de la gente al ver prosperar al chico. Pero ya te digo, que de la chica no se supo na nunca más.
- ¿Y cuando fue todo esto?
- Pues ya hará los siete años lo menos.
Continuamos un rato más de conversación con el anciano, pero mi corazón se desbocaba: fábrica de galletas, un bebé… parecía que aquel hombre conocía todas las palabras que estaban relacionadas con la desaparición de Diego y las pronunciaba una y otra vez.
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