sábado, 24 de octubre de 2009

Capitulo 7

Desde aquel momento, todo lo que sucedía en mi vida era como si yo viviera un sueño. La sensación de irrealidad estaba presente en cada paso que daba. Nunca estaba segura de que lo que ocurría pasaba o no, si era real o era sólo producto de mi imaginación. Como esos sueños en los que continuamente te preguntas si lo que está ocurriendo no será una ilusión, en los que tienes la sensación de que tú los diriges, y a la vez estas seguro que la situación te supera que es imposible que aquello sea tan sólo un sueño.
En la pan talla del ordenador aparecía la imagen de una caja de galletas que compartía con aquella que surgió en nuestra cocina, algo más que un tipo de letra o que unos colores similares: era prácticamente igual.
La distribución del texto, la utilización de los colores para el fondo y las letras, los espacios entre las palabras, la utilización del espacio eran las mismas en las dos cajas, tan sólo había una diferencia: en el diseño original había el dibujo de un niño y en la que tuvimos en nuestras manos era la foto de Diego.
Creo que me levante despacio de la silla, que camine casi sonámbula y busque a Juan como si fuera a tientas. No recuerdo si encontré las palabras para decirle lo que había visto en el ordenador, pero debí hacerlo porque me vi a mi misma mostrándole a Juan la pantalla del ordenador.
Lo siguiente que recuerdo, fue a Juan preguntando en el pueblo por el camino hacia la fábrica de galletas. Yo no sentía nada… era como si estuviera anestesiada pero sólo los sentimientos: la luz, el calor del día, los sonidos llegaban a mis sentidos pero yo nos los procesaba, avanzaba como a saltos: cuando conseguía ser consciente de una situación ya estaba viviendo la siguiente: no tenía ni alegría, ni esperanza, ni nerviosismo, me dejaba llevar por Juan por una carretera que discurría por uno de los paisajes más bellos que yo puedo recordar.
Siempre que he viajado por un lugar hermoso he abierto mucho los ojos y he sentido como si esa belleza pudiera entrar en mi por mis ojos y yo misma me fuera contagiando de ella y toda yo fuera más guapa: mis ojos más verdes, mi pelo más brillante, que las manchas de la cara desaparecían, que yo desprendía luz, sé que es una sensación irracional, que nada cambia en mi pero yo la siento así y es tan real que a menudo, si estoy con alguien a mi lado, reacciono de una forma más segura, más coqueta, más tranquila y mucho más conciliadora.
Pero aquel viaje era distinto, aunque el paisaje era espectacular, yo no me sentía en sintonía con él.
Las colinas discurrían de una forma suave, la luz era dorada acentuando los amarillos y los ocres del otoño, los árboles estaban agrupados en pequeños conjuntos que parecían que los había diseñado el más experto de los paisajistas. Toda la escala cromática de los rojos, amarillos, marrones relucían bajos aquella luz que parecía absolutamente irreal y combinaban magistralmente con los verdes de las coníferas y de las plantas que todavía conservaban sus hojas.
Pero nada alteraba si sensación de que era una espectadora distante que no conseguía implicarse con nada de lo que sucedía a su alrededor, tal vez era porque hacía ya tiempo que había atravesado el límite de poder sentir, porque los vaivenes entre la certeza de que ya sólo tenía una hija y la esperanza de encontrar a Diego pronto habían ido desgastando mi capacidad de implicarme con la vida.
Juan conducía con una gran determinación en la mirada, era como si yo me fuera apagando y él fuera despertando y tomando las riendas de la situación.
Las colinas se fueron convirtiendo en montañas y la carretera discurría como por un laberinto, entre rocas, de repente el telón que formaban las piedras y las plantas se abrió y todo cambio.
Comenzaron a aparecer a lado de la carretera pequeños montículos de basura, como si los hubieran abandonados “domingueros” sin ninguna conciencia ambiental, pero no era eso: cada vez aparecían más y más montones de basura hasta que todo a nuestro alrededor era un estercolero.
Era como si estuviéramos atravesando uno de esos vertederos cuyas imágenes sólo vemos en los documentales o en alguna película con fondo social. A cada lado de la carretera había montañas y montañas de basura y el aire era casi irrespirable.
Lo más curioso de todo es que la carretera había dejado de tener curvas y discurría recta como si la hubiera trazado un viejo tiralíneas en un papel. Los cambios se producían por subidas y bajadas cada vez más pronunciadas. Uno de los recuerdos nítidos que tengo fue en un momento en el que la carretera bajaba como un tobogán y frente a nosotros se elevaba de nuevo como una metáfora de la permanente pesadilla en la que vivíamos.
El cielo se oscureció en el horizonte hacia donde nosotros viajábamos sin hablar sin decir ni una palabra, pero no era el atardecer, ni tampoco nubes que amenazaran tormenta, era humo, contaminación acumulada por las basuras y las fábricas que adivinábamos que estaban al final de aquel camino.
Para aumentar mi sensación de irrealidad comenzaron a ocurrir cosas a nuestro alrededor que parecían que querían parar nuestro avance pero que Juan esquivaba con esa nueva determinación que estaba naciendo en él: un pequeño incendio que se había producido entre las basuras y que llegaba hasta la carretera que Juan sorteo con un pequeño volantazo; una inundación que atravesaba la carretera de un liquido oscuro y que Juan atravesó aumentando la velocidad… un camión, casi más ancho que la propia carretera, , al que yo veía avanzar y avanzar hacia nosotros sin disminuir la velocidad y del que, milagrosamente, pudimos librarnos del choque frontal por la habilidad de Juan de salir de la carretera en el único rellano que encontramos.
Subimos por la última cuesta y nada más comenzar la bajada encontramos la única bifurcación que había en toda la carretera.
De nuevo la sensación de irrealidad aumento: era como ver una película americana en la que en medio de un gran paramo surgía un cruce de caminos que parecían que no iban a ninguna parte y justo allí un pequeño grupo de casas alineadas con la carretera parecían que reclamaban su derecho a la belleza.
El diseño de las casas era muy simple, casi parecían naves adaptadas a viviendas pero delante de todas había un jardín, a cual más primoroso donde se alternaban los árboles, con los arbustos y el césped.
¡Para!- casi chillé. No sé qué me impulsó a decir la primera palabra que decía desde que le mostré la pantalla del ordenador a Juan, pero me sentía atada a aquel lugar como si una fuerza invisible tirara de mi.
La carretera se quedaba un poco elevada sobre los jardines de las casas, separada de estos por una acera que, en la primera casa, se convertía en un pequeño parking ocupado por varios coches.
Juan aparco junto a estos, y nos bajamos del coche casi sin saber hacia dónde ir.
La diferencia de la primera de las casas con el resto de las que allí había guió nuestros pasos. La casa era más grande que las demás, era más nave, como esos pequeños edificios rectangulares que hay en los polígonos industriales, pero con pretensiones a mostrar una imagen más elegante.
Delante de ella un pequeño jardín de rosales enanos bordaba un lado del camino de entrada, al otro lado había un muro que separaba este jardín del de al lado.
Cuando llegábamos justo a la entrada del jardín y casi comenzábamos a bajar los tres o cuatro escalones que salvaban el desnivel un autobús aparcó a nuestra espalda.
De él surgieron quince o veinte hombres que se dirigieron hacia los coches que estaban aparcados.
-Perdonen buenos días, ¿Puedo hacerles una pregunta?-Estaba sorprendida porque era yo quien hablaba, no era consciente de haber tenido la intención de hacerlo, ni sabia cuál era la pregunta que quería hacerles…
-Buenos días señora, usted dirá- me contestaron amablemente.
- ¿Han visto por aquí a una pareja con un bebé?-
No sé de dónde salió la pregunta, ni qué es lo provocó que lo hiciera, pero por primera vez en todo el día sentía que mi corazón daba un salto, que alteraba el ritmo tranquilo que había tenido todos el día.
- Nosotros no vemos a nadie por aquí, tan sólo es un punto de encuentro con el autobús que nos lleva a trabajar, llegamos temprano, dejamos los coches y nos montamos en el autobús. Al final del día regresamos, cogemos los coches y nos vamos hacia casa, mejor pregunte en esa nave, ahí siempre hay gente. – me contesto mientras me señalaba la primera casa, a aquella a la que dirigíamos nuestros pasos cuando ellos llegaron.
Les dimos las gracias y nos dimos la vuelta. Justo en la acera había como un poste de caminos, lo curioso es que la parte de abajo era como una columna cuadrada de la que surgía el poste que no tenia carteles que indicarán direcciones.
En la columna había infinidad de pequeños mensajes, como si más que un poste de caminos fuera un punto de encuentro entre aquellos que no podían coincidir en tiempo y lugar.
Corazones dibujados, nombres de personas seguidos de números, anuncios de todo tipo: venta de coches, de casas, de muebles, etc. Pero había algo que había atravesado la nube de algodones en la que había vivido aquel día, tenía que haber algo que me retuviera junto aquel poste, leyendo aquellos mensajes que no iban para mi, que me impedía girarme y caminar hacia la nave.
La parte cuadrada de la columna era un poco más baja que yo, y en ella los mensajes se convertían en pequeños objetos que se estaban cubriendo de polvo, me preguntaba que significaban aquel osito de peluche, aquel pequeño ramo de flores de plástico, aquel pequeño bolso como de juguete cuando vi que mi mano se dirigía a coger una pequeña caja metálica antigua.
La sujete entre mis manos y la abrí con cuidado y justo cuando comenzaba a ver pequeños cuadraditos de papel escritos en la familiar caligrafía, un golpe de viento los sacó de la caja y los lanzó hacia los pequeños rosales que llegaban hacia la nave.

3 comentarios:

  1. Siento haber tardado, pero espero que os guste

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  2. Pues ya de vuelta en los madriles me he zampado los cuatro capítulos que me faltaban del tirón.

    Seguimos?

    besos

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  3. Pues muchas gracias Nacho, con este comentario te has librado de cualquier intención de comentar cualquier cosa relacionada con los cuatro y los ceros.
    Besitos.
    Y claro que continuaremos, ya queda muy poco

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