martes, 6 de octubre de 2009

Capitulo 3

No entendía nada.
Cuando Juan y yo conseguimos tranquilizarnos, lo primero que hicimos fue llamar a todas las personas que se habían encargado de nuestro bienestar: ninguna recordaba haber traído la caja de galletas a casa.
La policía volvió a casa, se llevó la tarjeta y la caja, pero tan sólo encontraron nuestras huellas.
Las preguntas a los dos y a nuestros familiares casi rozaron el acoso, entendimos entonces que tampoco ellos tenían ninguna idea de dónde podría estar Diego ni con quién, y que se estaban agarrando a aquellas pistas como a un clavo ardiendo.
Una y otra vez relaté cómo encontré la tarjeta en el catálogo, Juan repitió hasta la saciedad que había sido él el que colocó la caja de galletas en la mesa del desayuno, y que tan sólo la había cogido del armario.
Pero, las dudas o casi la seguridad de que yo no estaba bien, de que la falta de Diego me había vuelto loca, se instalaron en todos: los calígrafos decían, en su informe, que la letra de la tarjeta era compatible con la mía. Pero lo peor no era eso, sino que los comprobantes de la empresa de galletas decían que yo había hecho el encargo y que, además, el diseño del mismo lo recibieron desde mi email.
Hasta Juan dudaba de mí, lo veía en sus ojos, pero no me hacia ni una pregunta, aunque yo las adivinaba: ¿Por qué lo has hecho? ¿Cuándo te perdí de vista lo suficiente para que pudieras hacerlo? ¿Estoy sólo?
Hasta yo dudaba de mí, ¿habría hecho todo lo que decían sin saberlo?
Por suerte, o por desgracia, el psicólogo justifico todo, hablaba de reacciones inconscientes, de pérdida de la realidad, que permitían que yo pudiera actuar sin ser darme cuenta de lo que hacia, y que a Juan le faltaran los recuerdos de mi ausencia.
Pero, como siempre, la vida se impone. Pasaron dos días de frenética actividad entre interrogatorios, pruebas y conversaciones, y Julia regresó a casa.
Su sonrisa y sus ojos lo llenaron todo. Ya desde que era un bebé, yo tenía la extraña sensación de que cuando Julia se despertaba era cuando de verdad salía el sol.
Ya no éramos Juan y yo, ya era Julia lo único importante. Poco a poco nos trajo de nuevo a la realidad, ella nos rescato del mundo de dudas, de ausencias, de tristeza infinita en el que estábamos.
Antes de que volviéramos a ser nosotros, y de que tuviéramos fuerzas para buscar a Diego de una forma activa, Julia nos convirtió en personas que podían pensar y sentir, sin morir en cada respiración.
Llegó abrazada a Patan, caminando con una resolución de adulto, absolutamente segura de cada paso que daba, sin darle la mano a nadie.
Cuando se acercó a mí, yo luchaba contra las lágrimas que amenazaban con salir de mis ojos, saltó a mis brazos, cogió un poco de mi pelo, y comenzó a acariciarlo mientras me contaba una historia sobre Patan sin parar de hablar. Juan tan sólo pudo sentarse con nosotras y escuchar el largo monologo de Julia, con absoluta admiración.
La charla de la niña tuvo en nosotros el efecto que no habían conseguido ni los psicólogos, ni las atenciones y mimos de familiares y amigos: por primera vez en casi dos meses, tan sólo éramos unos padres que jugaban con su hija, sin ningún tipo de angustia.
Sin darnos cuenta, nos quedamos solos. La persona que trajo a Julia se fue sin despedirse, tal vez temerosa de romper la sensación de paz que se había creado alrededor de la niña.
Los siguientes dos días, nos dedicamos a realizar todas las tareas cotidianas que habiamos abandonado: hacer la lista de la compra, ir al supermercado, bañar a Julia, comprar sus libros para el colegio, jugar con ella en el parque, etc.
Tanta actividad no sólo tuvo el efecto de alejar la angustia, y traer de nuevo la alegría, el resultado más importante es que Juan y yo enfrentamos por primera vez de una forma activa la ausencia de Diego.
Hablamos. Sobre todo de la culpa que nos echábamos a nosotros mismos y al otro, tragándola como si fuera un caramelo amargo. Después de la culpa, hablamos de Julia, de lo que queríamos para ella y llegamos a la conclusión teníamos que conseguir lo que habíamos perdido: un mundo tranquilo en el que Julia creciera segura de si misma y de nosotros, y en el que la alegría estuviera instalada en nuestra casa, que la confianza en los demás superara la desconfianza hacia el extraño.
Pero sobre todo hablamos de Diego, de toda su vida y de los casi dos meses que llevábamos sin él.
Esta vez, sin psicólogos, policías, familiares o amigos, nos miramos a la cara y repasamos todos los momentos que habíamos vivido desde que llegamos al auditorio hasta el día que Julia regreso a casa.
Cada detalle que recordábamos lo guardábamos como un tesoro, comenzamos una colección de retazos de nuestra historia.
Conseguimos organizar nuestros recuerdos de aquel día y, sobre todo, fuimos plenamente consientes de cada paso que dimos desde aquel momento, llegando a una conclusión, que nos lleno de confianza absoluta en el otro: ni Juan me había perdido de vista, ni yo había podido hacer nada de lo que decía la policía.
Desde aquel momento la energía que nos daba Julia comenzo a ser dirigida a un único objetivo: recuperar a Diego. Nada ni nadie nos iba a impedir conseguirlo.
Seguiríamos cada una de las pistas aunque fueran las más absurdas del mundo, éramos un equipo y estábamos más unidos que nunca.
Comenzamos por la tarjeta, que ya no teníamos pero, que no podíamos olvidar: era de una cadena concreta de ferreterías, con la dirección de una tienda en concreto, de un pueblo en concreto.
Juan confío en mis habilidades buscando información en Internet, y fui recopilando datos sobre la empresa, el pueblo, la tienda. Todo estaba era registrado: datos económicos, personal, principales empleados, productos que servían, etc.
En el primer fin de semana que pudimos nos fuimos hacia allí, llenos de esperanza. Julia se quedó al cuidado de su tía.
El viaje fue en silencio, no sé en qué pensaba Juan, pero podría asegurar que sus pensamientos eran los mismos que los míos, y que alternaban entre la esperanza y el temor de que lo que hacíamos no sirviera de nada.
Llegamos sobre las 12 al pueblo y nos dirigimos directamente a la tienda: no veíamos nada a nuestro alrededor, tan sólo estábamos pendientes de encontrar la tienda y de las preguntas que haríamos.
Aparcamos cerca, Juan me llevaba de la mano y cuando estábamos a punto de entrar me pare en seco mirando un escaparate de ropa infantil.
Juan tiró de mi, pero yo no podía moverme. Me hablo, y ante ni inactividad, casi me gritó.
Pero algo de aquel escaparate me llamaba tanto la atención, que era incapaz de hablar y todas mis fuerzas las dedicaba a intentar agarrar la idea que se estaba formando en mi interior.
Y entonces lo supe, los recuerdos se organizaron y encontré una pista más que nos hablaba de Diego en aquel lugar, además de la tarjeta.

5 comentarios:

  1. Si es que como eres.... mala maluca. Ya me tienes otra tarde dando vueltas al coco. Ya te imagino riendo... Por cierto que te he echo un poco de publicidad al blog. De esta te me vuelvas escritora famosa y que tiemble "montalvano, donna leon y toda la saga millenium".
    Pero que bien se arrejunto my brother!!!.
    Mil besos.

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  2. mari(mama paula y noe)7 de octubre de 2009 a las 14:05

    Ayssssssssss que es lo que vio en el escaparate eh ? .Envia circular cuando salga proximo capitulo....besos maria

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  3. luis (papa de paula y noe)7 de octubre de 2009 a las 18:32

    hala otro enganchao mas .realmente muy intrigante y sobre todo sabes como mantener a la gente enganchada sigue asi.

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  4. Pues nada... ya leí. Y ya me enganché. Cómo te puede dar un sueño para tanto? Yo que sólo me acuerdo de retazos... Y espero que el despertar de tu esposo al final del sueño no nos fastidie el final de la historia.

    Me gusta!

    Besitos desde mi caja de galletas

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  5. Pues muchas gracias a todos y a todas, os lo agradezco de verdad.

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