domingo, 22 de noviembre de 2009

Capítulo 8

¡Juan!- grité.

La sensación de embotamiento se agravó, mi grito parecía que era lo último que yo era capaz de hacer de forma consciente, me aleje de mi cuerpo y me veía a mi misma como una zombi dando pasos sin sentido y moviéndome despacio y sin saber porqué.

¿Cómo era posible que allí también estuviera aquella dichosa letra? ¿Si yo no había tenido tiempo de leer los papelitos, porque sentía que el mensaje era: ¡Ya habéis llegado"? Pero, ¿llegado a dónde?

Juan se giró asustado, no hizo falta hablar, sólo me miró y vió aquellos papeles que volaban y mi dedo que los señalaban, y se lanzó a recogerlos de entre los rosales lanzando maldiciones con cada pinchazo que se hacía con las espinas.

Mis pasos me dirigían hacia él y, mientras bajaba los escalones que salvaban el desnivel entre la carretera y la nave, mi mirada se perdía alrededor, ¿qué captaba mi atención aturdida?, ¿qué era lo que intentaba atravesar mi muro de inconsciencia?

El jardín de la parcela siguiente estaba al mismo nivel que la acera, y estaba completamente destrozado, como si lo hubieran arrancado. Plantas y tubos estaban desparramados por todos lados, nada parecía que estaba en su lugar. El muro de contención que separaba ambos jardines se había aprovechado para construir una serie de vitrinas, seguramente destinadas a exponer los productos de la fábrica, pero lo que ahora acogían parecía una colección de objetos sin ninguna relación entre ellos.

Me pare y abrí una de las vitrinas y vi como mi mano agarraba una bola dorada. Al cogerla aquella “cosa” comenzó a abrirse y a sonar una nana. Al ritmo de la música, se iban abriendo capas como gajos de una naranja y se iba reconstruyendo en otra figura que recordaba a una mariposa. Yo estaba como hipnotizada con aquella bola que se movía en mis manos, y no me di cuenta cuando la música acabó, y la última capa se desplegó: en el centro encontré otro papelito con el nombre de Diego.

¿Qué locura era aquella? Mis ojos intentaban abrirse, aunque ya estaban abiertos, tenía que despertarme, todo aquello no podía estar pasando, tenía que ser un sueño… Pero no, no me despertaba, mi capacidad de mantenerme como aislada de todo y, a la vez, sentir como cada vez me hundía más y más en un pozo de incertidumbre parecía que no tenia límites. Yo ya no gritaba, ya no lloraba, ya no me sorprendía nada, tan sólo me comunicaba con la mirada con Juan, que siempre estaba a mi lado.

Fui cogiendo los diferentes objetos que había en la vitrina y cada uno de ellos tenía un nombre masculino: Miguel, Enrique, David, etc.

Juan ya había recogido bastantes papelitos y me los mostraba, en cada uno de ellos había una palabra suelta, “llegado” “esta” “siento” “aquí”, etc. En sus ojos vi que había llegado a la misma conclusión que yo había tenido de una forma intuitiva, los papeles daban a entender que en aquel lugar encontraríamos a Diego.

Yo le mostré la bola dorada y los demás objetos y sus papeles, Juan me cogíó de la mano y me llevo hacia la nave.

Mientras avanzábamos oíamos gritos en el interior, nos llegaban palabras sueltas de las que sólo entendí claramente “insecticidas” y “enfermos”, pero al cruzar la puerta los gritos finalizaron y lo que vimos fue una nave-almacén con una pequeña oficina al lado y en la que nada destacaba.

Delante de la oficina, un hombre parecía chequear una lista comprobando unos paquetes, y levantó la mirada para saludarnos.

Juan me soltó de la mano y se dirigió hacia aquel hombre:
- ¡Buenos días!
- ¡Buenos días! ¿Qué desean?

Juan me miró, note que toda su determinación se había acabado, no podía continuar, continúe yo.

- Hola, buscábamos una antigua fabrica de galletas que nos han dicho que hay por aquí, ¿Podría decirnos cómo llegar?
- ¿La fábrica de galletas? Hace años que esta cerrada, ya no hay nada allí, solo son ruinas abandonadas, ¿para qué quieren ir allí?
- Bueno, estamos haciendo un reportaje del tejido industrial antiguo, sobre fábricas de harinas, galletas, etc., que había por la zona –improvisé-. Nos dijeron que el edificio merecía la pena y también que el diseño de las cajas de sus productos eran muy interesantes. ¿Conoce a alguien que trabajará allí hace años? Tal vez pudiéramos hablar con ellos e incluso puede que guarden alguna caja.

La cara del hombre fue cambiando poco a poco, del interés que se muestra al desconocido, pasando por el orgullo, pero terminando en una expresión que casi mostraba miedo. Su respuesta tardaba en llegar, como si se debatiera en un debate interno sobre lo que hacer. Para controlar mis ganas de zarandearle, mi mirada pasó por encima de él y se dirigió hacia la oficina en la que una mujer trabajaba y una mancha roja de una de las estanterías llamó mi atención.

El hombre comenzaba a hablar pero yo no escuche, me acerque a la oficina y me dirigí hacia la mancha roja, pero no fue necesario llegar: era una caja de galletas con aquel diseño que encontré en Internet.

- …yo trabajé allí, y muchos en el pueblo también, pueden preguntar allí, seguro que habrá gente que le cuente cosas, yo la verdad es que sólo estaba en el almacén y no estuve mucho tiempo.- decía el hombre.
- ¿Por qué cerraron?
- El dueño enfermó, después se murió y ya nadie continúo con el negocio.
- Ya, pero nos han dicho que tenía una hija, ¿no es así?
- Si, tuvo una hija, pero ella se marchó también y no regresó…
- Y ¿quién liquidó el negocio entonces?
- Vino un abogado de la ciudad, traía papeles que le permitían cerrar la fábrica, indemnizó a todos y cerró. Fin de la historia.
- ¿Y no recuerda a ese abogado? ¿No podría darnos su nombre?
- ¿Para que lo quieren? Yo les puedo decir dónde están las ruinas, hacen unas fotos y ya tienen su reportaje.
- Bueno, nos gustaría hablar de porqué la cerraron…
- ¡Ya le he dicho que la historia acabó!

Notaba cómo su nerviosismo iba en aumento, si lo presionaba más terminaría por echarnos de allí, no sabía cómo calmarle, cuando vi a Juan que entraba en la oficina y comenzaba a hablar con la mujer que allí estaba.

- Tú eres la hija del dueño de la fábrica de galletas ¿verdad?- le soltó Juan de forma directa, mirando a los ojos de aquella mujer.
- Sí, contesto ella.

No me lo podía creer, yo había estado dando vueltas con aquel hombre y Juan había deducido a un golpe de vista la relación entre aquella mujer y lo que nosotros estábamos buscando. La cara del hombre se descompuso del todo, no sabía qué hacer, bajo la mirada y se encogió sobre si mismo, en un susurro comenzó a decir:

- Se lo prometí a su padre, que cuidaría siempre de ella, no está bien de la cabeza, vive en un mundo propio lleno de historias imposibles…
- Cuando entramos, les oímos discutir, parecía que hablaban de gente que se ponía enferma…
- ¿Han visto el jardín de al lado? Está todo destrozado, lo ha hecho ella, ha arrancado todo el riego, porque dice que la vecina utiliza insecticidas y fertilizantes que contaminan todo y que mata a los niños.
- ¿Qué niños?
- ¡Y yo qué sé! Se lo inventa todo, lo vive como si fuera real…

Yo sentía que habíamos llegado a algo pero que lo volvíamos a perder…

Juan me cogía de la mano y parecía que tiraba de mí para irnos, pero yo no podía irme, no me podía rendir, y a pesar que Juan tiraba de mí más y más fuerte yo me solté y llegué hasta la mujer.

- ¿Están enfermos los niños?
- Si, y yo estoy muy triste pero no puedo llamar al médico- me dijo en un susurro.
- ¡Lo ve, delira!- gritaba el hombre- ¡Déjenla en paz!
- ¡Vámonos, llamemos a la policía!- me susurraba Juan a mi oído.

Me estaba mareando, pero tenía que continuar y entonces escuche:
- ¿Te gustaría verlos?- dijo la mujer
- Si- contesté.

Y, entonces, comenzó a caminar conmigo de la mano, mientras que Juan intentaba detenerme. El corazón latía de forma inversa a la tranquilidad con la que yo me movía. La mujer iba hablando mientras tiraba de mi por un pasillo que había junto a la oficina y que giraba a derecha e izquierda como en un laberinto.

- -…me lo quitaron... esos niños no son mi niño, pero yo los cuido, pero esa bruja los esta matando, ha contaminado todo, el pequeño esta malito, esta mañana lo deje dormido…

La cháchara de la mujer era continua sin cambios de tono, no mostraba ningún sentimiento, era como si me estuvieran contando un cuento, pero cada palabra que ella decía se me clavaba como si fuera un cuchillo, no podía hacer otra cosa que seguirla, no sabía dónde se había quedado Juan ni aquel hombre del almacén, bajamos unos cuantos escalones, continuamos caminando y de repente ella se paró.
-…no se si estará vivo…

¿De quién hablaba? ¿En qué momento había dejado de escucharla? Ella se paró delante de una puerta, la mano de la mujer cogía una llave que tenia colgada del cuello y la introdujo en la cerradura, mientras yo pensaba que tal vez hablaba de Diego y que podía estar muerto y, en ese momento, no sabía si prefería correr lejos y poder seguir pensando que Diego podía esta vivo, a tener la certeza de que Diego estaba muerto.