sábado, 24 de octubre de 2009
Capitulo 7
En la pan talla del ordenador aparecía la imagen de una caja de galletas que compartía con aquella que surgió en nuestra cocina, algo más que un tipo de letra o que unos colores similares: era prácticamente igual.
La distribución del texto, la utilización de los colores para el fondo y las letras, los espacios entre las palabras, la utilización del espacio eran las mismas en las dos cajas, tan sólo había una diferencia: en el diseño original había el dibujo de un niño y en la que tuvimos en nuestras manos era la foto de Diego.
Creo que me levante despacio de la silla, que camine casi sonámbula y busque a Juan como si fuera a tientas. No recuerdo si encontré las palabras para decirle lo que había visto en el ordenador, pero debí hacerlo porque me vi a mi misma mostrándole a Juan la pantalla del ordenador.
Lo siguiente que recuerdo, fue a Juan preguntando en el pueblo por el camino hacia la fábrica de galletas. Yo no sentía nada… era como si estuviera anestesiada pero sólo los sentimientos: la luz, el calor del día, los sonidos llegaban a mis sentidos pero yo nos los procesaba, avanzaba como a saltos: cuando conseguía ser consciente de una situación ya estaba viviendo la siguiente: no tenía ni alegría, ni esperanza, ni nerviosismo, me dejaba llevar por Juan por una carretera que discurría por uno de los paisajes más bellos que yo puedo recordar.
Siempre que he viajado por un lugar hermoso he abierto mucho los ojos y he sentido como si esa belleza pudiera entrar en mi por mis ojos y yo misma me fuera contagiando de ella y toda yo fuera más guapa: mis ojos más verdes, mi pelo más brillante, que las manchas de la cara desaparecían, que yo desprendía luz, sé que es una sensación irracional, que nada cambia en mi pero yo la siento así y es tan real que a menudo, si estoy con alguien a mi lado, reacciono de una forma más segura, más coqueta, más tranquila y mucho más conciliadora.
Pero aquel viaje era distinto, aunque el paisaje era espectacular, yo no me sentía en sintonía con él.
Las colinas discurrían de una forma suave, la luz era dorada acentuando los amarillos y los ocres del otoño, los árboles estaban agrupados en pequeños conjuntos que parecían que los había diseñado el más experto de los paisajistas. Toda la escala cromática de los rojos, amarillos, marrones relucían bajos aquella luz que parecía absolutamente irreal y combinaban magistralmente con los verdes de las coníferas y de las plantas que todavía conservaban sus hojas.
Pero nada alteraba si sensación de que era una espectadora distante que no conseguía implicarse con nada de lo que sucedía a su alrededor, tal vez era porque hacía ya tiempo que había atravesado el límite de poder sentir, porque los vaivenes entre la certeza de que ya sólo tenía una hija y la esperanza de encontrar a Diego pronto habían ido desgastando mi capacidad de implicarme con la vida.
Juan conducía con una gran determinación en la mirada, era como si yo me fuera apagando y él fuera despertando y tomando las riendas de la situación.
Las colinas se fueron convirtiendo en montañas y la carretera discurría como por un laberinto, entre rocas, de repente el telón que formaban las piedras y las plantas se abrió y todo cambio.
Comenzaron a aparecer a lado de la carretera pequeños montículos de basura, como si los hubieran abandonados “domingueros” sin ninguna conciencia ambiental, pero no era eso: cada vez aparecían más y más montones de basura hasta que todo a nuestro alrededor era un estercolero.
Era como si estuviéramos atravesando uno de esos vertederos cuyas imágenes sólo vemos en los documentales o en alguna película con fondo social. A cada lado de la carretera había montañas y montañas de basura y el aire era casi irrespirable.
Lo más curioso de todo es que la carretera había dejado de tener curvas y discurría recta como si la hubiera trazado un viejo tiralíneas en un papel. Los cambios se producían por subidas y bajadas cada vez más pronunciadas. Uno de los recuerdos nítidos que tengo fue en un momento en el que la carretera bajaba como un tobogán y frente a nosotros se elevaba de nuevo como una metáfora de la permanente pesadilla en la que vivíamos.
El cielo se oscureció en el horizonte hacia donde nosotros viajábamos sin hablar sin decir ni una palabra, pero no era el atardecer, ni tampoco nubes que amenazaran tormenta, era humo, contaminación acumulada por las basuras y las fábricas que adivinábamos que estaban al final de aquel camino.
Para aumentar mi sensación de irrealidad comenzaron a ocurrir cosas a nuestro alrededor que parecían que querían parar nuestro avance pero que Juan esquivaba con esa nueva determinación que estaba naciendo en él: un pequeño incendio que se había producido entre las basuras y que llegaba hasta la carretera que Juan sorteo con un pequeño volantazo; una inundación que atravesaba la carretera de un liquido oscuro y que Juan atravesó aumentando la velocidad… un camión, casi más ancho que la propia carretera, , al que yo veía avanzar y avanzar hacia nosotros sin disminuir la velocidad y del que, milagrosamente, pudimos librarnos del choque frontal por la habilidad de Juan de salir de la carretera en el único rellano que encontramos.
Subimos por la última cuesta y nada más comenzar la bajada encontramos la única bifurcación que había en toda la carretera.
De nuevo la sensación de irrealidad aumento: era como ver una película americana en la que en medio de un gran paramo surgía un cruce de caminos que parecían que no iban a ninguna parte y justo allí un pequeño grupo de casas alineadas con la carretera parecían que reclamaban su derecho a la belleza.
El diseño de las casas era muy simple, casi parecían naves adaptadas a viviendas pero delante de todas había un jardín, a cual más primoroso donde se alternaban los árboles, con los arbustos y el césped.
¡Para!- casi chillé. No sé qué me impulsó a decir la primera palabra que decía desde que le mostré la pantalla del ordenador a Juan, pero me sentía atada a aquel lugar como si una fuerza invisible tirara de mi.
La carretera se quedaba un poco elevada sobre los jardines de las casas, separada de estos por una acera que, en la primera casa, se convertía en un pequeño parking ocupado por varios coches.
Juan aparco junto a estos, y nos bajamos del coche casi sin saber hacia dónde ir.
La diferencia de la primera de las casas con el resto de las que allí había guió nuestros pasos. La casa era más grande que las demás, era más nave, como esos pequeños edificios rectangulares que hay en los polígonos industriales, pero con pretensiones a mostrar una imagen más elegante.
Delante de ella un pequeño jardín de rosales enanos bordaba un lado del camino de entrada, al otro lado había un muro que separaba este jardín del de al lado.
Cuando llegábamos justo a la entrada del jardín y casi comenzábamos a bajar los tres o cuatro escalones que salvaban el desnivel un autobús aparcó a nuestra espalda.
De él surgieron quince o veinte hombres que se dirigieron hacia los coches que estaban aparcados.
-Perdonen buenos días, ¿Puedo hacerles una pregunta?-Estaba sorprendida porque era yo quien hablaba, no era consciente de haber tenido la intención de hacerlo, ni sabia cuál era la pregunta que quería hacerles…
-Buenos días señora, usted dirá- me contestaron amablemente.
- ¿Han visto por aquí a una pareja con un bebé?-
No sé de dónde salió la pregunta, ni qué es lo provocó que lo hiciera, pero por primera vez en todo el día sentía que mi corazón daba un salto, que alteraba el ritmo tranquilo que había tenido todos el día.
- Nosotros no vemos a nadie por aquí, tan sólo es un punto de encuentro con el autobús que nos lleva a trabajar, llegamos temprano, dejamos los coches y nos montamos en el autobús. Al final del día regresamos, cogemos los coches y nos vamos hacia casa, mejor pregunte en esa nave, ahí siempre hay gente. – me contesto mientras me señalaba la primera casa, a aquella a la que dirigíamos nuestros pasos cuando ellos llegaron.
Les dimos las gracias y nos dimos la vuelta. Justo en la acera había como un poste de caminos, lo curioso es que la parte de abajo era como una columna cuadrada de la que surgía el poste que no tenia carteles que indicarán direcciones.
En la columna había infinidad de pequeños mensajes, como si más que un poste de caminos fuera un punto de encuentro entre aquellos que no podían coincidir en tiempo y lugar.
Corazones dibujados, nombres de personas seguidos de números, anuncios de todo tipo: venta de coches, de casas, de muebles, etc. Pero había algo que había atravesado la nube de algodones en la que había vivido aquel día, tenía que haber algo que me retuviera junto aquel poste, leyendo aquellos mensajes que no iban para mi, que me impedía girarme y caminar hacia la nave.
La parte cuadrada de la columna era un poco más baja que yo, y en ella los mensajes se convertían en pequeños objetos que se estaban cubriendo de polvo, me preguntaba que significaban aquel osito de peluche, aquel pequeño ramo de flores de plástico, aquel pequeño bolso como de juguete cuando vi que mi mano se dirigía a coger una pequeña caja metálica antigua.
La sujete entre mis manos y la abrí con cuidado y justo cuando comenzaba a ver pequeños cuadraditos de papel escritos en la familiar caligrafía, un golpe de viento los sacó de la caja y los lanzó hacia los pequeños rosales que llegaban hacia la nave.
sábado, 10 de octubre de 2009
Capitulo 6
Regresamos a casa, con Julia. La promesa que habíamos hecho de no perderla de vista, de darle una vida plena, nos impedía dedicarle más tiempo a seguir supuestas pistas.
Mi razón me decía que nada de lo que encontraba tenía una relación con Diego, ¿Cuántos hombres de unos cuarenta años se habían hecho a sí mismos? ¿Cuántos tenían hijos menores de un año? ¿Cuántas jóvenes habían abandonado su pueblo, cuando los rumores de un embarazo corrían por todas partes? Pero mi corazón decía lo contrario, algo nos guiaba, sentía como una fuerza que tiraba de mí para no abandonar, aunque pareciera que las piezas sólo encajaban en un sueño.
El jueves por la tarde al llegar a casa, después de estar en el parque con Julia, nos encontramos otro sobre en el felpudo. La letra y el color de la tinta volvían a ser los mismos.
Esta vez no esperamos a la policía, lo abrimos y encontramos el siguiente mensaje “Estuvisteis cerca”.
¿Quién nos mandaba aquellos mensajes? ¿Por qué no nos decía dónde estaba Diego? ¿Por qué nos torturaba así? ¿Quién seguía nuestros pasos?
Paula llego al poco de llamarla. Como la otra vez sentimos que podíamos comentar con ella hasta los detalles más absurdos, nada despertaría su crítica, mantenía la distancia justa entre su profesionalidad y su empatía con nosotros.
Tras su anterior visita había estado repasando todo el caso, y también había investigado las pistas que nosotros le habíamos dado.
La ropa del bebé no parecía conducirla a ninguna parte: aunque era de una marca exclusiva, la distribución era por toda España y aquel conjunto se había vendido bastante bien.
Del supuesto mail que yo había mandado, los técnicos informáticos le habían explicado que era relativamente fácil, para alguien con conocimientos un poco avanzados, utilizar una cuenta de correo como la mía, pero aunque intentaron seguir la pista, esta se perdió en un servidor de algún país asiático.
Tampoco ella había encontrado ninguna imagen de Pedro Aguirre, y no había conseguido convencer a sus jefes que le permitieran averiguar dónde vivía ahora, ni ningún detalle personal de él.
Pero de nuestra hipótesis , aquella que surgió tras el mensaje de “No esta solo”, traía algún dato.
Era un consuelo comprobar que aquella sensación de que Paula seguiría cada pista que le diéramos, que no se cuestionaba si estas eran razonables o tan sólo una muestra de nuestra desesperación, era correcta-
Paula había ido comprobando, año tras año, si había más casos como el nuestro: desde hacía seis años (el tiempo que ella había rastreado), desaparecían bebés de unos seis meses de los que no se encontraban nunca pistas, ni se había sabido más de ellos.
Hacía ya un tiempo que parecía que yo ya no tenía lágrimas, ya que aunque sentía el mismo dolor, no lloraba nunca, pero aquella noticia las provocaron de nuevo. Eran lágrimas suaves que nacían más de una pena inmensa que de la noticia, tan alarmante, que nos acababa de dar: podía ser que nunca supiéramos más de Diego.
Juan me cogió la mano, no intentaba calmarme, tan sólo compartir mi sentimiento.
Paula seguía hablando, pero yo sólo la escuchaba a trozos, hasta que ella me miró y comprendió que era inútil, que no era el momento adecuado, propuso un descanso, le sugirió a Juan que le gustaría tomar un café y a mi me preguntó por el baño.
Ella nos permitió así que Juan y yo nos recompusiéramos y pudiéramos escuchar lo que nos quería decir.
Había seis casos de desapariciones, uno por año, repartidos por toda España, todos desaparecieron en un pequeño despiste de los padres y en los lugares más dispares: una terraza, un supermercado, un parque infantil, etc. Ninguno seguía un patrón. Pero las diferencias con nuestro caso eran dos: nosotros habíamos visto a dos adultos y alguien nos dejaba pistas.
Al principio la información nos dejos sin habla y sin capacidad de reacción, entonces algo hizo clic en mi cerebro y relacione los seis años en que habían desaparecido los bebés con la historia de Pedro Aguirre que nos contó el viejo: también él, y la hija del dueño de la fábrica de galletas, hacia seis o siete años que se habían marchado del pueblo.
Le contamos a Paula toda la historia, todos los rumores que habíamos oído en el pueblo: la relación de Pedro Aguirre con aquella joven, el disgusto del padre, la fábrica de galletas, los rumores de soborno de esté para que abandonara a su hija y el posible embarazo de la joven.
Ella tomó notas y se marcho de casa prometiéndonos que investigaría todo y que nos mantendría informados. Tal vez la primera vez que nos lo prometió tuviéramos alguna duda de ella, ahora no. Paula no sólo había conseguido que creyéramos en su palabra sino que también estábamos seguros de que si había alguien capaz de encontrar a Diego era ella.
El viernes volví al ordenador, ahora no buscaba datos sobre Pedro Aguirre, sino sobre los niños que habían desaparecido y sobre la fábrica de galletas.
Busque en los periódicos de toda España, y poco a poco fui recopilando información sobre los bebés desaparecidos: todo lo que nos había contado Paula era cierto.
Encontré los seis casos, incluso encontré las fotografías que los familiares habían dado a la prensa por si eso podía facilitar su búsqueda. Todos tenían, más o menos la misma edad, pero lo que más me inquieto es que todos tenían un aire familiar con Diego: eran bebés regordetes, de ojos grandes y, tras ver las seis fotografías juntas, no se podría asegurar si eran seis niños distintos y el mismo.
Cogí las fotos de Diego, y las fui mirando una a una, hasta llegar a las que le tomamos en aquellas vacaciones: era uno más del grupo: cabeza redonda, castaño, pelo muy corto, ojos grandes, regordete, con una nariz pequeña, labios prominentes, la típica imagen del bebé de dibujos animados.
Como si de nuevo dejara a Diego en brazos de otras personas deje las fotografías en la cama y volví al ordenador.
En la familiar página del Google puse el nombre del pueblo y “fábrica de galletas”.
No salió entre las primeras páginas pero al final en una que narraba la historia del pueblo encontré el nombre de la fábrica: “Galletas Girasol”. Junto con el nombre encontré un poco la historia de la marca que finalizaba aproximadamente en la misma época que la desaparición del pueblo de Pedro y de la chica.
Ya con el nombre de las galletas, seguí buscando, y en una inspiración decidí buscarlo en las imágenes, y entonces de ver varias imágenes de la fábrica, de los trabajadores, de los productos, encontré una imagen que me convenció de que Diego estaba relacionado con todo lo que habíamos ido hilvanando hasta ahora: al día siguiente volveríamos al pueblo.
viernes, 9 de octubre de 2009
Capitulo 5
La policía se llevó el sobre, para abrirlo en el laboratorio. Además le contamos lo de ropa del bebé por si podían utilizarlo como pista, también les contamos el recuerdo que había regresado a mi memoria y les describí a aquella pareja con mucho más detalle. Prometieron que nos informarían del contenido del sobre y que investigarían la pista de la ropa. Del dueño de la ferretería no dijimos nada, la verdad es que ahora me parecía una tontería.
La espera fue dura, muy dura- ¿Qué habría en aquel sobre? ¿Cuál sería el siguiente mensaje? ¿Nos pedirían algún rescate?... Mil, cien mil preguntas se iban formulando en nuestras cabezas, y la impaciencia aumentaba a cada segundo.
A la mañana siguiente vino a casa una policía nueva, era una agente alta, atlética, con el pelo largo castaño, parecía muy joven.
El mensaje del sobre era muy simple: “No está solo”.
La agente, que extrañamente nos dio su nombre-Paula, hizo lo que hasta ahora no habían hecho otros policías: nos escucho.
Se sentó con nosotros en el sofá y nos fue preguntando por todo lo que pudiéramos recordar y que a nosotros nos hubiera llamado la atención. Lo extraño era que no sólo contábamos los hechos sino también nuestros sentimientos.
Juan y yo fuimos desgranando cada pequeño recuerdo que teníamos de aquel día, comentamos sin pudor como nos sentíamos, le dijimos las hipótesis que habíamos manejado sobre la primera tarjeta y aquella caja de galletas, a pesar de que en otras ocasiones tan sólo habíamos encontrado la compasión que producía la locura provocada por la falta de nuestro hijo.
Así le fuimos diciendo cómo habíamos llegado a la conclusión de que yo no había escrito aquella tarjeta, ni había mandado aquel email. También le contamos nuestra excursión al pueblo y lo que habíamos averiguado en la tienda de ropa y en la ferretería.
Ella recogió cada comentario y por último nos pregunto que significado le dábamos a aquel nuevo mensaje.
Tras superar la decepción de no encontrar un mensaje más concreto que nos dijera dónde estaba Diego , lo primero que nos sugirió el mensaje era que Diego estaba vivo.
Puede que para los demás , esto fuera una obviedad, pero para nosotros que llevábamos casi dos meses en la alternancia de la esperanza y la desesperación, esto era lo más importante.
“No está solo”, aquel mensaje nos sugería dos posibilidades: la primera era que Diego estaba siendo cuidado, pero la segunda era aterradora: había más niños o niñas que también habían desaparecido de sus hogares.
Paula se marcho prometiéndonos que nos mantendría informados de todo lo que fuera averiguando.
Cuando no estábamos con Julia, yo me lanzaba al ordenador, me había obsesionado con el dueño de la cadena de ferreterías. No había ninguna razón objetiva, tan sólo la coincidencia en la edad y en la descripción que hacían en la página web y la sensación que me había dado cuando le vimos.
Pero aunque en la página web decían su nombre, no fui capaz de encontrar ni una sólo imagen de él, ni más información que los pocos datos económicos que daban en la misma página. No pude encontrar información sobre si estaba casado o no, si tenía o no hijos, dónde vivía ahora. Parecía que era una mera invención económica porque, excepto el nombre, nada de lo que encontraba me hablaba de un ser humano.
Al siguiente fin de semana volvimos a aquel pueblo, pretendíamos saber algo más de aquel hombre.
Juan y yo nos sentamos en un banco de la plaza del pueblo y esperamos a que los mayores del lugar fueran apareciendo. No llevábamos más de media hora cuando un hombre, que arrastraba los pies, se sentó a nuestro lado. Juan, que siempre demostró mayor capacidad que yo para concectar con la gente, comento lo buen día que hacía y recurrió a algunos lugares comunes sobre el tiempo y cómo se estaba notando el cambio climático.
Del tiempo, pasamos a hablar del pasado, de si la gente había emigrado en otra época para poder prosperar en la vida. Después yo pregunte si ahora también ocurría eso, el hombre nos indicó que ahora la emigración era distinta, que mucha gente había venido de otros países al pueblo, en el que encontraban viviendas asequibles, pero que trabajaban en la ciudad, en la construcción: autobuses llenos de trabajadores salían todas las mañanas desde esa misma plaza en la que estábamos y regresaban al anochecer. Esto había producido un pequeño auge del pueblo, había más gente y con más necesidades, lo que había generado que ahora hubiera negocios que hace poco parecía que iban a desaparecer.
- Al pasar por el pueblo, hemos visto varias tiendas como las que vemos en Madrid, nos hemos fijado en una tienda de ropa para niños y hasta en una ferretería de una cadena.- dijo Juan.
- Ah, la ferretería… pues esa no es de fuera, esa nació aquí, era de un chaval que nació aquí, pero que se marcho, no sabemos si porque hizo dinero o por lo que pasó…
- ¿Por lo qué pasó?
- Mira, no me gusta hablar mal de la gente, el Pedro era un buen chaval, muy trabajador y callao. Vivía sólo con su madre, la pobre ya murió. La ferretería entonces era una tienda pequeña en la que se vendía de to. Con la llegada de los forasteros comenzó a crecer, y empezó a vender cosas pa hacer arreglos en casa: cosas de electricidad, herramientas pa la construcción, tornillos y demás. Y entonces se fue.
- ¿Se fue?, pero ¿Por qué?
- No hubo na más que rumores, dicen que se lió con la hija del dueño de la fábrica de galletas que había aquí.
- ¿Fábrica de galletas? ¿Sigue funcionando?
- No, ya murió el padre y de la chica tampoco se supo nunca nada más.
- ¿Y qué pasó?
- Lo que dicen los rumores es que el padre de la chica se entero del noviazgo y no se lo tomo na bien, ¡No señor! Debía parecerle poco pa su chica un chico que, aunque trabajador, no tenía estudios ni na y que sólo tenía una tienducha de tornillos.
- Pero ¿qué decían los rumores?
- Na en concreto, habladurías de vieja, pero decían que si la chica había tenido un hijo, que si el padre había pagado al chico para que se fuera del pueblo… Na, yo creo que eran envidias de la gente al ver prosperar al chico. Pero ya te digo, que de la chica no se supo na nunca más.
- ¿Y cuando fue todo esto?
- Pues ya hará los siete años lo menos.
Continuamos un rato más de conversación con el anciano, pero mi corazón se desbocaba: fábrica de galletas, un bebé… parecía que aquel hombre conocía todas las palabras que estaban relacionadas con la desaparición de Diego y las pronunciaba una y otra vez.
miércoles, 7 de octubre de 2009
Capitulo 4
Lo que había despertado mi memoria era un conjunto de bebé que estaba en el escaparate y que era igual que el que aquel niño llevaba.
Pero, lo más importante, es que podía describirle a Juan a aquellas dos personas: la mujer era rubia, delgada,de unos 30 años, con la clase que da el dinero, aunque fuera vestida sólo con unos vaqueros y una camisa blanca; el hombre era algo mayor, unos cuarenta, ya comenzaba a tener barriga cervecera, aunque no mucha, su aspecto hablaba de trabajo, de alguien que había ido subiendo en la escala social por su esfuerzo. Nada de lo que ahora veía dejaba adivinar que podían llevarse a un niño.
La ropa del escaparate era de una marca exclusiva, seguro que no venderían muchos artículos de aquella marca en aquel pueblo. Entramos en la tienda de ropa infantil y preguntamos por aquel traje, simulando que queríamos comprarlo:
- Si, es muy bonito, se vende muy bien- nos contaba la dependienta.
- Queríamos regalarlo a unos amigos nuestros que viven en este pueblo, y nos preguntábamos si ya lo tendrían. Son una pareja más o menos de nuestra edad, ella es rubia y alta, muy elegante ¿recordáis haberlos visto por aquí?
- Uy! Por aquí viene mucha gente, no sabría decirte.
- Es que nos da miedo comprarlo y que ya lo tengan ¿me puedes decir si has vendido muchos?
- Bueno, no se… tal vez seis o siete.
- Entonces resérvamelo, vamos a verlos ahora mismo y se lo preguntaré a la madre, si no lo tiene vengo a por el traje ¿podemos hacer eso?
- Si, pero sólo para hoy, sí. Pero, ya para el lunes no se lo reservo.
No sé qué esperaba encontrar, pero me di cuenta que teníamos que preparar mejor las preguntas, porque si no, nunca encontraríamos las respuestas que buscábamos.
Lo único que teníamos era la marca de la ropa del bebé, por lo menos teníamos algo que seguir investigando.
La experiencia nos agoto más de lo que parecía y, antes de entrar en la ferretería, nos sentamos en un café que había enfrente.
Mientras tomábamos una coca cola mirábamos a la calle. Juan me miró muy serio y me pregunto:
- ¿Crees que servirá de algo?
- No lo sé, pero lo que sé es que no podemos estar quietos.
- Pero, tal vez si nos dedicamos a esto perdamos a Julia.
- ¿Y no la perderemos más si, después de un tiempo, no hacemos más que pensar que, tal vez, si hubiéramos buscado a Diego lo habríamos encontrado? Quiero enseñarle a Julia que ella y Diego son lo más importante. Pero tienes razón, tendremos que dosificar nuestras fuerzas, para reservarnos para ella.
- Eso es lo que quiero decir, tenemos que tener claro qué ambiente queremos para ella y tal vez, sólo tal vez, en algún momento tendremos que dejar la búsqueda de Diego en segundo lugar, para estar con ella.
- Vale, a partir de ahora los dos estaremos atentos y si detectamos que nos pasamos, que esto se convierte en una obsesión que nos impide darle una vida plena a Julia, pararemos.
Era más fácil decirlo que sentirlo. Aunque, agradecía a Juan su sensibilidad y haberme hecho reflexionar sobre el tema, no podía pensar en dejar algún día de buscar a Diego, en inmediato volvía a sentir el vacío, era un abismo al que no me atrevía a asomarme.
Cuando entramos en la tienda, tan sólo estaban dos o tres clientes y dos dependientes. Esperamos nuestro turno y pedimos hablar con el encargado.
Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, con bigote, el pelo ya habia empezado a clarear con algunas canas.
- Buenos días ¿qué desean?
- Buenos días, la verdad es que no queremos comprar nada – comenzó Juan-. Este verano estuvimos de vacaciones un complejo vacacional, y conocimos a una pareja de este pueblo. La verdad es que nos cayeron muy bien pero no recordamos sus nombres. Al pasar este fin de semana en una casa rural de aquí cerca, hemos pasado por el pueblo y nos hemos acordado de ellos. Lo único que teníamos de ellos era una tarjeta de esta ferretería que se les cayó al irse, y hemos pensado que a lo mejor aquí nos pudieran decir algo de ellos.
- Ya, pero ¿a quién buscan?
- Pues eran un hombre de unos cuarenta, y ella tendría unos treinta… alta, rubia, delgada… y tenían un bebé de unos seis u ocho meses.
- Ya, déjenme pensar… ¡Pedro!, ¿conoces a alguien con algún bebé de seis u ocho meses que venga por aquí?
- No sé, normalmente vienen hombres solos, no acompañados de sus hijos.- dijo Pedro-
- ¿y no conocen a nadie que haya pasado sus vacaciones en Oasis Park este verano?-pregunte yo.
- Al único que conozco que se va de vacaciones a sitios de esos es el antiguo dueño de esta ferretería.
- ¿Y pueden decirme dónde localizarle?
- Hace tiempo que no viene por aquí… Desde hace por lo menos cinco meses. Le gusta hacernos visitas de vez en cuando, dice que le traen recuerdos. Ahora tiene más tiendas, en realidad es el dueño de la cadena de ferreterías, pero comenzó aquí con esta tienda. Pero no sé cómo localizarle, tal vez si llaman a la central…
- Pero, ¿no vive en el pueblo?
- No, aquí no queda nadie de su familia, y se marcho hace tiempo, no se dónde vive.
Salimos de allí, no sabíamos si lo que habíamos recogido daría frutos.
Lo más importante eran los recuerdos recuperados. Podría decirle a la policía mas detalles de aquella pareja, e incluso de sus gustos.
Pero yo ya pensaba en seguir por mi lado con las pistas que habíamos conseguido aquel día: investigaría la marca de ropa (dónde se vendía, cuantos conjuntos existían, si tenían clientes principales, etc.). También llamaría a la central de la cadena de ferreterías, investigaría al dueño, etc.
Regresamos a casa, Julia nos esperaba despierta. A ella le encantaba estar conmigo en la cocina, así que preparamos la cena entre las dos. Se subio a un taburete y se puso a mi lado, ella pelaba ajos con sus dedos regordetes, yo los picaba y los mezclaba con la carne de las albóndigas, ella hacia las bolitas y yo las pasaba por el pan rallado… mientras tanto Julia hablaba, hablaba sin parar y Juan se asomaba de vez en cuando a la cocina y sonreía. Si no fuera por el dolor, casi teníamos que agradecer a la desaparición de Diego ser capaces de ser felices con los detalles más sencillos.
Cuando Julia se durmió, me lance al ordenador. La pista de la marca de ropa no me dio mucho juego, se la dejaría a la policía. Creía que en la página de la ferretería no encontraría nada nuevo, pero entré en la sección de "historia de la marca" y encontré la descripción del dueño: un hombre de cuarenta años que se había hecho a si mismo, el resto de información ya eran datos económicos.
No era mucho, tan sólo una coincidencia en la edad… Tal vez fuera mis ganas de encontrar respuestas, pero no podía dejar de pensar en aquel hombre. ¿Cómo conseguiría información de él? Apague el ordenador y me dirigía al salón donde Juan leia un libro. Al pasar por la entrada, vi unos cuantos sobres que había en la bandeja donde dejábamos el correo, los cogí y me senté junto en el sofá. La mayoría eran cartas del banco o de publicidad, pero había otro sobre, con tan sólo con nuestra dirección, escrito con la misma letra en aquel azul tinta de aquella tarjeta de la ferretería.
martes, 6 de octubre de 2009
Capitulo 3
Cuando Juan y yo conseguimos tranquilizarnos, lo primero que hicimos fue llamar a todas las personas que se habían encargado de nuestro bienestar: ninguna recordaba haber traído la caja de galletas a casa.
La policía volvió a casa, se llevó la tarjeta y la caja, pero tan sólo encontraron nuestras huellas.
Las preguntas a los dos y a nuestros familiares casi rozaron el acoso, entendimos entonces que tampoco ellos tenían ninguna idea de dónde podría estar Diego ni con quién, y que se estaban agarrando a aquellas pistas como a un clavo ardiendo.
Una y otra vez relaté cómo encontré la tarjeta en el catálogo, Juan repitió hasta la saciedad que había sido él el que colocó la caja de galletas en la mesa del desayuno, y que tan sólo la había cogido del armario.
Pero, las dudas o casi la seguridad de que yo no estaba bien, de que la falta de Diego me había vuelto loca, se instalaron en todos: los calígrafos decían, en su informe, que la letra de la tarjeta era compatible con la mía. Pero lo peor no era eso, sino que los comprobantes de la empresa de galletas decían que yo había hecho el encargo y que, además, el diseño del mismo lo recibieron desde mi email.
Hasta Juan dudaba de mí, lo veía en sus ojos, pero no me hacia ni una pregunta, aunque yo las adivinaba: ¿Por qué lo has hecho? ¿Cuándo te perdí de vista lo suficiente para que pudieras hacerlo? ¿Estoy sólo?
Hasta yo dudaba de mí, ¿habría hecho todo lo que decían sin saberlo?
Por suerte, o por desgracia, el psicólogo justifico todo, hablaba de reacciones inconscientes, de pérdida de la realidad, que permitían que yo pudiera actuar sin ser darme cuenta de lo que hacia, y que a Juan le faltaran los recuerdos de mi ausencia.
Pero, como siempre, la vida se impone. Pasaron dos días de frenética actividad entre interrogatorios, pruebas y conversaciones, y Julia regresó a casa.
Su sonrisa y sus ojos lo llenaron todo. Ya desde que era un bebé, yo tenía la extraña sensación de que cuando Julia se despertaba era cuando de verdad salía el sol.
Ya no éramos Juan y yo, ya era Julia lo único importante. Poco a poco nos trajo de nuevo a la realidad, ella nos rescato del mundo de dudas, de ausencias, de tristeza infinita en el que estábamos.
Antes de que volviéramos a ser nosotros, y de que tuviéramos fuerzas para buscar a Diego de una forma activa, Julia nos convirtió en personas que podían pensar y sentir, sin morir en cada respiración.
Llegó abrazada a Patan, caminando con una resolución de adulto, absolutamente segura de cada paso que daba, sin darle la mano a nadie.
Cuando se acercó a mí, yo luchaba contra las lágrimas que amenazaban con salir de mis ojos, saltó a mis brazos, cogió un poco de mi pelo, y comenzó a acariciarlo mientras me contaba una historia sobre Patan sin parar de hablar. Juan tan sólo pudo sentarse con nosotras y escuchar el largo monologo de Julia, con absoluta admiración.
La charla de la niña tuvo en nosotros el efecto que no habían conseguido ni los psicólogos, ni las atenciones y mimos de familiares y amigos: por primera vez en casi dos meses, tan sólo éramos unos padres que jugaban con su hija, sin ningún tipo de angustia.
Sin darnos cuenta, nos quedamos solos. La persona que trajo a Julia se fue sin despedirse, tal vez temerosa de romper la sensación de paz que se había creado alrededor de la niña.
Los siguientes dos días, nos dedicamos a realizar todas las tareas cotidianas que habiamos abandonado: hacer la lista de la compra, ir al supermercado, bañar a Julia, comprar sus libros para el colegio, jugar con ella en el parque, etc.
Tanta actividad no sólo tuvo el efecto de alejar la angustia, y traer de nuevo la alegría, el resultado más importante es que Juan y yo enfrentamos por primera vez de una forma activa la ausencia de Diego.
Hablamos. Sobre todo de la culpa que nos echábamos a nosotros mismos y al otro, tragándola como si fuera un caramelo amargo. Después de la culpa, hablamos de Julia, de lo que queríamos para ella y llegamos a la conclusión teníamos que conseguir lo que habíamos perdido: un mundo tranquilo en el que Julia creciera segura de si misma y de nosotros, y en el que la alegría estuviera instalada en nuestra casa, que la confianza en los demás superara la desconfianza hacia el extraño.
Pero sobre todo hablamos de Diego, de toda su vida y de los casi dos meses que llevábamos sin él.
Esta vez, sin psicólogos, policías, familiares o amigos, nos miramos a la cara y repasamos todos los momentos que habíamos vivido desde que llegamos al auditorio hasta el día que Julia regreso a casa.
Cada detalle que recordábamos lo guardábamos como un tesoro, comenzamos una colección de retazos de nuestra historia.
Conseguimos organizar nuestros recuerdos de aquel día y, sobre todo, fuimos plenamente consientes de cada paso que dimos desde aquel momento, llegando a una conclusión, que nos lleno de confianza absoluta en el otro: ni Juan me había perdido de vista, ni yo había podido hacer nada de lo que decía la policía.
Desde aquel momento la energía que nos daba Julia comenzo a ser dirigida a un único objetivo: recuperar a Diego. Nada ni nadie nos iba a impedir conseguirlo.
Seguiríamos cada una de las pistas aunque fueran las más absurdas del mundo, éramos un equipo y estábamos más unidos que nunca.
Comenzamos por la tarjeta, que ya no teníamos pero, que no podíamos olvidar: era de una cadena concreta de ferreterías, con la dirección de una tienda en concreto, de un pueblo en concreto.
Juan confío en mis habilidades buscando información en Internet, y fui recopilando datos sobre la empresa, el pueblo, la tienda. Todo estaba era registrado: datos económicos, personal, principales empleados, productos que servían, etc.
En el primer fin de semana que pudimos nos fuimos hacia allí, llenos de esperanza. Julia se quedó al cuidado de su tía.
El viaje fue en silencio, no sé en qué pensaba Juan, pero podría asegurar que sus pensamientos eran los mismos que los míos, y que alternaban entre la esperanza y el temor de que lo que hacíamos no sirviera de nada.
Llegamos sobre las 12 al pueblo y nos dirigimos directamente a la tienda: no veíamos nada a nuestro alrededor, tan sólo estábamos pendientes de encontrar la tienda y de las preguntas que haríamos.
Aparcamos cerca, Juan me llevaba de la mano y cuando estábamos a punto de entrar me pare en seco mirando un escaparate de ropa infantil.
Juan tiró de mi, pero yo no podía moverme. Me hablo, y ante ni inactividad, casi me gritó.
Pero algo de aquel escaparate me llamaba tanto la atención, que era incapaz de hablar y todas mis fuerzas las dedicaba a intentar agarrar la idea que se estaba formando en mi interior.
Y entonces lo supe, los recuerdos se organizaron y encontré una pista más que nos hablaba de Diego en aquel lugar, además de la tarjeta.
domingo, 4 de octubre de 2009
Capítulo 2
Aquellas maletas llevaban sin deshacerse desde hacia un mes, desde que habíamos regresado a casa.
Por momentos la locura llamó a nuestra puerta, no entendíamos cómo podíamos respirar sin Diego a nuestro lado.
El debate bienintencionado de familiares y amigos sobre lo que más nos convenía se mantenía a nuestras espaldas y, entre todos, fueron organizando nuestra vida.
Alguien se encargó de Julia, alguien recogió los juguetes de Diego que se habían quedado esparcidos por toda la casa cuando iniciamos nuestras vacaciones, oentre todos organizaron hasta los aspectos más nimios de nuestra existencia.
Yo sólo encontraba algo de consuelo en los brazos de Juan, pero ni siquiera eso era un verdadero refugio porque, aunque sin decirlo, ambos nos echábamos la culpa por haber perdido de vista a Diego, cuando no nos la echábamos a nosotros mismos.
Pero de aquellas maletas no se había encargado nadie, permanecían cerradas en la habitación de Julia que era la única en la que no entrábamos. Juan y yo teníamos una tendencia masoquista de pasar a la habitación de Diego a tocar sus juguetes y a oler sus ropas, como para cerciorarnos de que él existía, que no era un producto de nuestra imaginación, pero no encontrábamos ninguna razón para entrar en la habitación de Julia a la que sabíamos a salvo.
Pero Julia comenzaba el colegio, el verano tocaba a su fin, y alguna de las personas que velaba por nuestra vida pensó que lo mejor era que volviera a casa, para que el colegio lleno de extraños no aumentara aún más su desconcierto, y que, por lo menos, sus padres volvieran a su mundo.
También el psicólogo, al que nos llevaban, recomendaba la presencia de la niña en nuestra recuperación.
Lo cierto es que el tiempo tal vez no cure, pero imposibilita estar permanentemente en la nube de la insensibilidad sobre lo que ocurría a nuestro alrededor. Echábamos de menos la alegría de Julia y nos sentíamos con fuerzas para soportar su risa.
Por eso entramos en su habitación y vimos nuestras maletas sin deshacer. La de los niños no estaba, tal vez se fue con Julia.
Juan y yo nos entregamos a la primera tarea relacionada con la vida que haciamos sin ayuda de nadie en silencio.
Juan colocaba su ropa y yo la mía. De los bolsillos exteriores de las maletas salieron los libros que habíamos estado leyendo y cuyas historias ya no recordábamos. No sé cuál de los dos los colocó en mi mesita de noche.
Pero, cuando el insomnio atacaba de nuevo, yo recogí lo que estaba junto a mi lado para comenzar una lectura, agarré lo que creia un libro y resulto ser el folleto-catalogo del maldito complejo vacacional.
Mientras lo tiraba al suelo una tarjeta cayó a la cama.
Era la tarjeta de una tienda de una cadena de ferretería de un pueblo al que no habíamos ido nunca.
En la parte de atrás, con una caligrafía perfecta, en un azul tinta, estaba escrito “Búscame”.
Mi cerebro no procesó la información, por lo que, como si de un flash back se tratara, volví a repetir la acción de leer la tarjeta, darle la vuelta y leer aquel mensaje de “búscame”, con aquella caligrafía que terminaría siendo tan familiar para mi.
Casi no me atrevía a enseñarle la tarjeta a Juan, estaba segura que no era más que una muestra de la locura que llevaba días acechándome.
Metí de nuevo la tarjeta en el folleto y lo dejé en la mesita, de donde tomé el somnífero que había rechazado, para intentar dormir con la ayuda del un libro y me abrace a la espalda de Juan.
Por la mañana, al despertar, como todos aquellos días lo primero que sentí fue un gran alivio al pensar que todo era un sueño, pero en cuanto puse un píe en el suelo aquella sensación desapareció al ser consciente de un golpe de la ausencia de Diego, y antes de que me volviera loca Juan rozó mi hombro, imponiendo su presencia y su cariño a mi desesperación.
Las pequeñas acciones relacionadas con la vida concentraban toda mi atención, hacer cada una de ellas suponía un esfuerzo tal, que no quedaba espacio para pensar, ni casi para sentir.
Me encontré tomando un desayuno sin hambre, concentrándome en coger la galleta, mojarla en el café con leche sin que se rompiera, morderla, masticar, tragar y volver a empezar. Estaba aislada del mundo, veía sin ver, pero una imagen luchaba por ser percibida por mis ojos: la caja de galletas.
Aquella caja roja no era la misma de siempre, alguien había comprado una marca de galletas que no era la misma que nosotros comíamos habitualmente. Pero, ¿por qué aquella caja estaba provocando aquella sensación de urgencia?, ¿qué era lo que estaba intentando captar mi atención?
Como si pudiera despertarme por segunda vez, llegue a la consciencia y me encontré con la caja en mis manos: Era una caja roja, con la marca y la imagen de las galletas en el frontal, con los ingredientes, datos de la empresa y ventajas del consumo de la fibra estaban en los laterales. Nada de esto me decía ahora nada, hasta que dí la vuelta a la caja y me encontré con una foto de Diego y un eslogan que la cruzaba en diagonal que decía “Búscame”.
¿De dónde había salido aquella caja?, ¿Quién la había comprado? ¿Desde cuándo estaba allí?...
Mi grito se quedo atascado en mi garganta, tan sólo podía agarrar la manga del pijama de Juan, a la vez que estrujaba la caja de galletas entre mis manos.
Pude ver la cara de susto y preocupación de Juan, su respuesta tan sólo fue un abrazo que me impedía respirar, creo que pensó que me había perdido a mi también, que la locura me había ganado.
La falta de oxigeno me permitió tranquilizarme y, a la vez que Juan soltaba su abrazo, pude enfrentarme a mi miedo de que fuera yo sola la que veía aquello, enseñándole a Juan la caja y preguntándole si también él lo veía.
Juan me quitó la caja de las manos y se quedo blanco mientras observaba la foto de nuestro hijo en la trasera, yo le hablaba pero no escuchaba, no podía escucharme tan sólo miraba la caja y decía en un susurro: Diego.
Entonces su mirada se cruzó con la mía y comenzó a realizar hipótesis sobre qué persona de nuestro entorno habría considerado aquello como una buena idea; quién, de todas aquellas personas que organizaba nuestra existencia, había pensado que la foto de Diego en una caja era una forma de acercarnos a él.
Yo le hablaba de la tarjeta con el mismo mensaje que había leído la noche anterior sin producir ningún efecto sobre su discurso, entonces, me levante y fui a nuestra habitación de la que regrese con la tarjeta en las manos y se la puse encima de la caja de galletas.
La misma palabra…
Nos despertamos del sopor en el que llevábamos casi dos meses viviendo, todas nuestras neuronas se colocaron en su sitio ¿Cuántas probabilidades existían de que en dos objetos de nuestro entorno, sin relación entre ellos tuvieran el mismo mensaje?
Capítulo 1
Julia salió corriendo, y yo tras ella abandonando el carrito del bebé en manos de Juan.
Llevábamos unos días de vacaciones en aquel complejo vacacional. No era el estilo de vacaciones que más nos gustaba, pero la perspectiva de pasar unos días caminando de un lado a otro, cargando con los niños, haciendo kilómetros y kilómetros, nos producía un cansancio tan real que cambiamos nuestros planes por aquellos días tranquilos de “todo incluido”, en los que lo único que teníamos que hacer era dejarnos llevar por las actividades organizadas por otros.
La rutina de desayuno buffet, ponerse crema protectora del sol, ir a las piscinas, tomar un aperitivo, vestirse para comer, dormir una larga siesta, pasar un rato en el parque, vestir a los niños para el paseo nocturno, cenar, estaba produciendo sus efectos: teníamos más sensación de perdida de tiempo que de descanso.
Aquella tarde era distinta, entre las actividades programadas por el complejo nos llamo la atención el concierto. Nos dirigíamos hacia el auditorio cuando Julia salió corriendo. A sus tres años era una niña con la sonrisa permanente en la boca y con una energía como sólo se puede tener a los tres años. La llegada del hermano no parecía haberla afectado en su capacidad para disfrutar y encontrar en cada cosa un motivo para reír. Diego era un bebé de seis meses rechoncho y tranquilo que la miraba con verdadera admiración.
El Auditorio era un espacio que recordaba las antiguas aulas de la universidad con los asientos distribuidos en un semicírculo que abrazaba al escenario, lo que producía una extraña sensación de cercanía con el espectáculo.
Alrededor de la última fila había unos grandes ventanales que separaban el espacio de las butacas del amplio pasillo que permitía el acceso a la sala.
Cuando llegamos todavía había bastantes sillas vacías y elegimos sentarnos en un lateral, a mitad del lado derecho de la sala. Estábamos acomodando a los niños cuando se colocaron a nuestro lado un grupo de jóvenes que hacia muy poco tiempo que habían abandonado la adolescencia.
Juan entretenía a los niños mientras yo me dedicaba a una de mis aficiones favoritas: escuchar las conversaciones ajenas. Los jóvenes sentados a nuestro lado comenzaron una de esas conversaciones de “descubrimiento del mundo” que me arrancaron una sonrisa.
Estaban convencidos que nadie antes había experimentado lo mismo que ellos. Juan cruzó conmigo una mirada cómplice. Julia se bajo de su asiento y se acerco a una de las chicas del grupo y consiguió una nueva víctima de sus encantos, tocando los llamativos pendientes de la joven.
-Hola, ¿cómo te llamas?
-Juguia- contesto la niña mientras se subía a las rodilla de la joven.
-Julia- aclaré.
-Yo soy Bea, me gusta tu perrito ¿me lo dejas?
-“E” Patan, yo soy su mamá, no sabe ir solo.
- Ah! ¿y se porta bien?
Así comenzó una conversación que fue consiguiendo más adeptos del grupo de los seis o siete jóvenes (entre chicos y chicas) que terminamos comentando sus gustos sobre música, viajes, y con su extrañeza de que unos “vejestorios” como nosotros tuvieran los mismos gustos que ellos.
Mientras tanto en la fila de atrás se sentaron una pareja de nuestra edad con otro bebé más o menos de la misma edad que Diego. La verdad es que casi no me fije en su aspecto, aunque si en el niño que, sentado en las rodillas de su madre, se acerco a mi pelo y me dio un buen tirón.
El pequeño grito que lance hizo que nuestra conversación con Bea y sus compañeros se cortara y que nos giráramos hacia ellos.
Diego se puso de pie sobre Juan y se dio la vuelta hacia el otro bebé. Acostumbrado a la presencia de Julia parecía encantado con alguien de “su tamaño”, y daba la impresion de que queria irse a conocer a un nuevo amigo, mientras yo iniciaba la típica conversación con su madre: “no pasa nada”, “que rico que es” , “¿cuánto tiempo tiene?..
Creo que hasta este momento los recuerdos están ordenados y puedo revivirlos como si se tratara de una película, pero a partir de aquí tan sólo tengo imágenes sin hilazon, como si se tratarán de un mal sueño o de un montaje de fotos que se suceden una tras otra, superponiendose unas a otras y desvaneciéndose cuando intento fijarme en ellas.
Lo peor es que a Juan le pasa lo mismo y aunque intentemos “sumar” nuestras imágenes no conseguimos aclarar las sensaciones ni ordenar el relato.
Algunos psicólogos a los que acudimos para acallar nuestra angustia y nuestra culpa nos hablaron de cierto síndrome que llamaban estrés postraumático e insistían en la normalidad de nuestras sensaciones y sentimientos, como si de verdad pudiera ser normal que un hijo desaparezca delante de tus ojos y no ser capaz de ver el momento en el que se alejaba en otros brazos que no son los tuyos y no poder impedirlo.
Si hubiera un sentimiento más allá de la angustia sería el que Juan y yo experimentamos desde aquel día, casi desde el momento en el que el cantante salió al escenario y Bea y sus compañeros comenzaron a bajar hacia el escenario para escucharle desde las primeras filas. Julia quería seguirles y, esta vez, fue Juan quien corrió tras ella.
Diego estaba en brazos del hombre y se reía tocando la cara del otro bebé mientras yo conversaba con ellos.
Recuerdo un rugido, la imagen de una mujer sujetando una correa que la arrastraba a través de los ventanales del pasillo, a Julia en brazos de Juan subiendo para ver qué producía el sonido, gente a mi alrededor que se apiñaba, a mi misma caminando entre la fila de butacas para llegar a los escalones que subían, a la pantera negra enorme que arrastraba a aquella mujer, la cara de felicidad de Julia pegada a los cristales, la sonrisa de Juan mirando a Julia..., pero no recuerdo el último momento en el que vi a Diego, no recuerdo si sonreía o lloraba, si quería venir conmigo o estaba feliz en brazos de otra persona.
Diego no sólo desapareció, también desaparecieron mis últimos recuerdos de él.
Bloqueo. Sólo bloqueo. Un agujero en el interior con una fuerza que todo lo arrastra para llenarlo pero nada lo llena.
Miradas, interrogaciones, culpa, incredulidad, nerviosismo, la cara de Julia entendiendo que algo no va bien, su mano en mi mano, el abrazo de Juan… caras y caras a nuestro alrededor, sin que ninguna sea la que queremos ver, preguntas sin respuesta…
No se si será cierto que cuando morimos vemos nuestra vida ante nuestros ojos, pero yo vivía una y otra vez toda la vida de Diego junto a nosotros y todas las preocupaciones (la hipoteca, mis kilos de más, las rutinas de nuestra vida) que hasta entonces tenia como la cosa más absurda del mundo.
Sólo había una realidad: Diego no estaba, Diego no estaba, Diego no esta...
Me imaginaba su llanto, sus manos en mi pelo, su sonrisa al despertar, su calor, sus abrazos y sólo sentía el vacío.
La esperanza: Diego esta bien, es una tontería, en un segundo estará con nosotros.
La alternancia entre la desesperación y la esperanza es una lucha en la que va ganando la primera según avanza el tiempo.
Preguntamos en recepción por la pareja que creíamos que tendría a Diego, no la habían visto, ninguno de los huespedes respondia a la descripción, no había nadie que nos hablará de ellos. Alguien llamó a la policía, incluso creo que vino algún psicólogo de emergencia. Nos hicieron preguntas para las que no teníamos respuesta, y en ese momento nos dimos cuenta por primera vez de la extraña sensación que Juan y yo compartíamos: no teníamos recuerdos organizados pero eran iguales y los vacíos en nuestra memoria eran los mismos.
Junto con Diego desaparecieron también las únicas personas que vieron a la pareja del bebé. Bea y sus compañeros nunca aparecieron, la policía no pudo encontrar su pista. Tan sólo nosotros podíamos decir cómo eran aquel hombre y aquella mujer, pero nuestras indicaciones eran tan indefinidas que en algún momento pasamos a ser sospechos de la desaparición de nuestro hijo.
Nos obligaron a quedarnos unos días más en el hotel mientras la esperanza tenia sentido, pero cuando ya todo decía que Diego tardaría en volver o no volvería, la decisión de volver a casa se iba imponiendo al sentimiento de que abandonábamos cualquier lazo que nos mantenía unidos a Diego.