Aquellas maletas llevaban sin deshacerse desde hacia un mes, desde que habíamos regresado a casa.
Por momentos la locura llamó a nuestra puerta, no entendíamos cómo podíamos respirar sin Diego a nuestro lado.
El debate bienintencionado de familiares y amigos sobre lo que más nos convenía se mantenía a nuestras espaldas y, entre todos, fueron organizando nuestra vida.
Alguien se encargó de Julia, alguien recogió los juguetes de Diego que se habían quedado esparcidos por toda la casa cuando iniciamos nuestras vacaciones, oentre todos organizaron hasta los aspectos más nimios de nuestra existencia.
Yo sólo encontraba algo de consuelo en los brazos de Juan, pero ni siquiera eso era un verdadero refugio porque, aunque sin decirlo, ambos nos echábamos la culpa por haber perdido de vista a Diego, cuando no nos la echábamos a nosotros mismos.
Pero de aquellas maletas no se había encargado nadie, permanecían cerradas en la habitación de Julia que era la única en la que no entrábamos. Juan y yo teníamos una tendencia masoquista de pasar a la habitación de Diego a tocar sus juguetes y a oler sus ropas, como para cerciorarnos de que él existía, que no era un producto de nuestra imaginación, pero no encontrábamos ninguna razón para entrar en la habitación de Julia a la que sabíamos a salvo.
Pero Julia comenzaba el colegio, el verano tocaba a su fin, y alguna de las personas que velaba por nuestra vida pensó que lo mejor era que volviera a casa, para que el colegio lleno de extraños no aumentara aún más su desconcierto, y que, por lo menos, sus padres volvieran a su mundo.
También el psicólogo, al que nos llevaban, recomendaba la presencia de la niña en nuestra recuperación.
Lo cierto es que el tiempo tal vez no cure, pero imposibilita estar permanentemente en la nube de la insensibilidad sobre lo que ocurría a nuestro alrededor. Echábamos de menos la alegría de Julia y nos sentíamos con fuerzas para soportar su risa.
Por eso entramos en su habitación y vimos nuestras maletas sin deshacer. La de los niños no estaba, tal vez se fue con Julia.
Juan y yo nos entregamos a la primera tarea relacionada con la vida que haciamos sin ayuda de nadie en silencio.
Juan colocaba su ropa y yo la mía. De los bolsillos exteriores de las maletas salieron los libros que habíamos estado leyendo y cuyas historias ya no recordábamos. No sé cuál de los dos los colocó en mi mesita de noche.
Pero, cuando el insomnio atacaba de nuevo, yo recogí lo que estaba junto a mi lado para comenzar una lectura, agarré lo que creia un libro y resulto ser el folleto-catalogo del maldito complejo vacacional.
Mientras lo tiraba al suelo una tarjeta cayó a la cama.
Era la tarjeta de una tienda de una cadena de ferretería de un pueblo al que no habíamos ido nunca.
En la parte de atrás, con una caligrafía perfecta, en un azul tinta, estaba escrito “Búscame”.
Mi cerebro no procesó la información, por lo que, como si de un flash back se tratara, volví a repetir la acción de leer la tarjeta, darle la vuelta y leer aquel mensaje de “búscame”, con aquella caligrafía que terminaría siendo tan familiar para mi.
Casi no me atrevía a enseñarle la tarjeta a Juan, estaba segura que no era más que una muestra de la locura que llevaba días acechándome.
Metí de nuevo la tarjeta en el folleto y lo dejé en la mesita, de donde tomé el somnífero que había rechazado, para intentar dormir con la ayuda del un libro y me abrace a la espalda de Juan.
Por la mañana, al despertar, como todos aquellos días lo primero que sentí fue un gran alivio al pensar que todo era un sueño, pero en cuanto puse un píe en el suelo aquella sensación desapareció al ser consciente de un golpe de la ausencia de Diego, y antes de que me volviera loca Juan rozó mi hombro, imponiendo su presencia y su cariño a mi desesperación.
Las pequeñas acciones relacionadas con la vida concentraban toda mi atención, hacer cada una de ellas suponía un esfuerzo tal, que no quedaba espacio para pensar, ni casi para sentir.
Me encontré tomando un desayuno sin hambre, concentrándome en coger la galleta, mojarla en el café con leche sin que se rompiera, morderla, masticar, tragar y volver a empezar. Estaba aislada del mundo, veía sin ver, pero una imagen luchaba por ser percibida por mis ojos: la caja de galletas.
Aquella caja roja no era la misma de siempre, alguien había comprado una marca de galletas que no era la misma que nosotros comíamos habitualmente. Pero, ¿por qué aquella caja estaba provocando aquella sensación de urgencia?, ¿qué era lo que estaba intentando captar mi atención?
Como si pudiera despertarme por segunda vez, llegue a la consciencia y me encontré con la caja en mis manos: Era una caja roja, con la marca y la imagen de las galletas en el frontal, con los ingredientes, datos de la empresa y ventajas del consumo de la fibra estaban en los laterales. Nada de esto me decía ahora nada, hasta que dí la vuelta a la caja y me encontré con una foto de Diego y un eslogan que la cruzaba en diagonal que decía “Búscame”.
¿De dónde había salido aquella caja?, ¿Quién la había comprado? ¿Desde cuándo estaba allí?...
Mi grito se quedo atascado en mi garganta, tan sólo podía agarrar la manga del pijama de Juan, a la vez que estrujaba la caja de galletas entre mis manos.
Pude ver la cara de susto y preocupación de Juan, su respuesta tan sólo fue un abrazo que me impedía respirar, creo que pensó que me había perdido a mi también, que la locura me había ganado.
La falta de oxigeno me permitió tranquilizarme y, a la vez que Juan soltaba su abrazo, pude enfrentarme a mi miedo de que fuera yo sola la que veía aquello, enseñándole a Juan la caja y preguntándole si también él lo veía.
Juan me quitó la caja de las manos y se quedo blanco mientras observaba la foto de nuestro hijo en la trasera, yo le hablaba pero no escuchaba, no podía escucharme tan sólo miraba la caja y decía en un susurro: Diego.
Entonces su mirada se cruzó con la mía y comenzó a realizar hipótesis sobre qué persona de nuestro entorno habría considerado aquello como una buena idea; quién, de todas aquellas personas que organizaba nuestra existencia, había pensado que la foto de Diego en una caja era una forma de acercarnos a él.
Yo le hablaba de la tarjeta con el mismo mensaje que había leído la noche anterior sin producir ningún efecto sobre su discurso, entonces, me levante y fui a nuestra habitación de la que regrese con la tarjeta en las manos y se la puse encima de la caja de galletas.
La misma palabra…
Nos despertamos del sopor en el que llevábamos casi dos meses viviendo, todas nuestras neuronas se colocaron en su sitio ¿Cuántas probabilidades existían de que en dos objetos de nuestro entorno, sin relación entre ellos tuvieran el mismo mensaje?
Precioso, conmovedor, inquietante...
ResponderEliminarPero, no nos dejes asi y sigue...
Besos
Carmen
Muchas gracias,
ResponderEliminarEl jueves pasado tuve este sueño (completo, menos el final-que me desperto Abe-). La verdad es que la historia me atrapo y se lo conte a Abe y a Julia.
No he podido desprenderme de toda la historia y el fin de semana me puse a escribir, intentaré continuar...
Besitos
Ana