Continuamos paseando por el pueblo un poco más, pero no conseguimos más información: sólo pudimos comprobar que había mucha gente que relacionaba la desaparición de la chica y de Pedro.
Regresamos a casa, con Julia. La promesa que habíamos hecho de no perderla de vista, de darle una vida plena, nos impedía dedicarle más tiempo a seguir supuestas pistas.
Mi razón me decía que nada de lo que encontraba tenía una relación con Diego, ¿Cuántos hombres de unos cuarenta años se habían hecho a sí mismos? ¿Cuántos tenían hijos menores de un año? ¿Cuántas jóvenes habían abandonado su pueblo, cuando los rumores de un embarazo corrían por todas partes? Pero mi corazón decía lo contrario, algo nos guiaba, sentía como una fuerza que tiraba de mí para no abandonar, aunque pareciera que las piezas sólo encajaban en un sueño.
El jueves por la tarde al llegar a casa, después de estar en el parque con Julia, nos encontramos otro sobre en el felpudo. La letra y el color de la tinta volvían a ser los mismos.
Esta vez no esperamos a la policía, lo abrimos y encontramos el siguiente mensaje “Estuvisteis cerca”.
¿Quién nos mandaba aquellos mensajes? ¿Por qué no nos decía dónde estaba Diego? ¿Por qué nos torturaba así? ¿Quién seguía nuestros pasos?
Paula llego al poco de llamarla. Como la otra vez sentimos que podíamos comentar con ella hasta los detalles más absurdos, nada despertaría su crítica, mantenía la distancia justa entre su profesionalidad y su empatía con nosotros.
Tras su anterior visita había estado repasando todo el caso, y también había investigado las pistas que nosotros le habíamos dado.
La ropa del bebé no parecía conducirla a ninguna parte: aunque era de una marca exclusiva, la distribución era por toda España y aquel conjunto se había vendido bastante bien.
Del supuesto mail que yo había mandado, los técnicos informáticos le habían explicado que era relativamente fácil, para alguien con conocimientos un poco avanzados, utilizar una cuenta de correo como la mía, pero aunque intentaron seguir la pista, esta se perdió en un servidor de algún país asiático.
Tampoco ella había encontrado ninguna imagen de Pedro Aguirre, y no había conseguido convencer a sus jefes que le permitieran averiguar dónde vivía ahora, ni ningún detalle personal de él.
Pero de nuestra hipótesis , aquella que surgió tras el mensaje de “No esta solo”, traía algún dato.
Era un consuelo comprobar que aquella sensación de que Paula seguiría cada pista que le diéramos, que no se cuestionaba si estas eran razonables o tan sólo una muestra de nuestra desesperación, era correcta-
Paula había ido comprobando, año tras año, si había más casos como el nuestro: desde hacía seis años (el tiempo que ella había rastreado), desaparecían bebés de unos seis meses de los que no se encontraban nunca pistas, ni se había sabido más de ellos.
Hacía ya un tiempo que parecía que yo ya no tenía lágrimas, ya que aunque sentía el mismo dolor, no lloraba nunca, pero aquella noticia las provocaron de nuevo. Eran lágrimas suaves que nacían más de una pena inmensa que de la noticia, tan alarmante, que nos acababa de dar: podía ser que nunca supiéramos más de Diego.
Juan me cogió la mano, no intentaba calmarme, tan sólo compartir mi sentimiento.
Paula seguía hablando, pero yo sólo la escuchaba a trozos, hasta que ella me miró y comprendió que era inútil, que no era el momento adecuado, propuso un descanso, le sugirió a Juan que le gustaría tomar un café y a mi me preguntó por el baño.
Ella nos permitió así que Juan y yo nos recompusiéramos y pudiéramos escuchar lo que nos quería decir.
Había seis casos de desapariciones, uno por año, repartidos por toda España, todos desaparecieron en un pequeño despiste de los padres y en los lugares más dispares: una terraza, un supermercado, un parque infantil, etc. Ninguno seguía un patrón. Pero las diferencias con nuestro caso eran dos: nosotros habíamos visto a dos adultos y alguien nos dejaba pistas.
Al principio la información nos dejos sin habla y sin capacidad de reacción, entonces algo hizo clic en mi cerebro y relacione los seis años en que habían desaparecido los bebés con la historia de Pedro Aguirre que nos contó el viejo: también él, y la hija del dueño de la fábrica de galletas, hacia seis o siete años que se habían marchado del pueblo.
Le contamos a Paula toda la historia, todos los rumores que habíamos oído en el pueblo: la relación de Pedro Aguirre con aquella joven, el disgusto del padre, la fábrica de galletas, los rumores de soborno de esté para que abandonara a su hija y el posible embarazo de la joven.
Ella tomó notas y se marcho de casa prometiéndonos que investigaría todo y que nos mantendría informados. Tal vez la primera vez que nos lo prometió tuviéramos alguna duda de ella, ahora no. Paula no sólo había conseguido que creyéramos en su palabra sino que también estábamos seguros de que si había alguien capaz de encontrar a Diego era ella.
El viernes volví al ordenador, ahora no buscaba datos sobre Pedro Aguirre, sino sobre los niños que habían desaparecido y sobre la fábrica de galletas.
Busque en los periódicos de toda España, y poco a poco fui recopilando información sobre los bebés desaparecidos: todo lo que nos había contado Paula era cierto.
Encontré los seis casos, incluso encontré las fotografías que los familiares habían dado a la prensa por si eso podía facilitar su búsqueda. Todos tenían, más o menos la misma edad, pero lo que más me inquieto es que todos tenían un aire familiar con Diego: eran bebés regordetes, de ojos grandes y, tras ver las seis fotografías juntas, no se podría asegurar si eran seis niños distintos y el mismo.
Cogí las fotos de Diego, y las fui mirando una a una, hasta llegar a las que le tomamos en aquellas vacaciones: era uno más del grupo: cabeza redonda, castaño, pelo muy corto, ojos grandes, regordete, con una nariz pequeña, labios prominentes, la típica imagen del bebé de dibujos animados.
Como si de nuevo dejara a Diego en brazos de otras personas deje las fotografías en la cama y volví al ordenador.
En la familiar página del Google puse el nombre del pueblo y “fábrica de galletas”.
No salió entre las primeras páginas pero al final en una que narraba la historia del pueblo encontré el nombre de la fábrica: “Galletas Girasol”. Junto con el nombre encontré un poco la historia de la marca que finalizaba aproximadamente en la misma época que la desaparición del pueblo de Pedro y de la chica.
Ya con el nombre de las galletas, seguí buscando, y en una inspiración decidí buscarlo en las imágenes, y entonces de ver varias imágenes de la fábrica, de los trabajadores, de los productos, encontré una imagen que me convenció de que Diego estaba relacionado con todo lo que habíamos ido hilvanando hasta ahora: al día siguiente volveríamos al pueblo.
Qué pasaaaaaaaaaaaaaaa????????????
ResponderEliminarque limpie y haga las comidas Abe .... pero no nos tengas asi!!!!!!