Julia salió corriendo, y yo tras ella abandonando el carrito del bebé en manos de Juan.
Llevábamos unos días de vacaciones en aquel complejo vacacional. No era el estilo de vacaciones que más nos gustaba, pero la perspectiva de pasar unos días caminando de un lado a otro, cargando con los niños, haciendo kilómetros y kilómetros, nos producía un cansancio tan real que cambiamos nuestros planes por aquellos días tranquilos de “todo incluido”, en los que lo único que teníamos que hacer era dejarnos llevar por las actividades organizadas por otros.
La rutina de desayuno buffet, ponerse crema protectora del sol, ir a las piscinas, tomar un aperitivo, vestirse para comer, dormir una larga siesta, pasar un rato en el parque, vestir a los niños para el paseo nocturno, cenar, estaba produciendo sus efectos: teníamos más sensación de perdida de tiempo que de descanso.
Aquella tarde era distinta, entre las actividades programadas por el complejo nos llamo la atención el concierto. Nos dirigíamos hacia el auditorio cuando Julia salió corriendo. A sus tres años era una niña con la sonrisa permanente en la boca y con una energía como sólo se puede tener a los tres años. La llegada del hermano no parecía haberla afectado en su capacidad para disfrutar y encontrar en cada cosa un motivo para reír. Diego era un bebé de seis meses rechoncho y tranquilo que la miraba con verdadera admiración.
El Auditorio era un espacio que recordaba las antiguas aulas de la universidad con los asientos distribuidos en un semicírculo que abrazaba al escenario, lo que producía una extraña sensación de cercanía con el espectáculo.
Alrededor de la última fila había unos grandes ventanales que separaban el espacio de las butacas del amplio pasillo que permitía el acceso a la sala.
Cuando llegamos todavía había bastantes sillas vacías y elegimos sentarnos en un lateral, a mitad del lado derecho de la sala. Estábamos acomodando a los niños cuando se colocaron a nuestro lado un grupo de jóvenes que hacia muy poco tiempo que habían abandonado la adolescencia.
Juan entretenía a los niños mientras yo me dedicaba a una de mis aficiones favoritas: escuchar las conversaciones ajenas. Los jóvenes sentados a nuestro lado comenzaron una de esas conversaciones de “descubrimiento del mundo” que me arrancaron una sonrisa.
Estaban convencidos que nadie antes había experimentado lo mismo que ellos. Juan cruzó conmigo una mirada cómplice. Julia se bajo de su asiento y se acerco a una de las chicas del grupo y consiguió una nueva víctima de sus encantos, tocando los llamativos pendientes de la joven.
-Hola, ¿cómo te llamas?
-Juguia- contesto la niña mientras se subía a las rodilla de la joven.
-Julia- aclaré.
-Yo soy Bea, me gusta tu perrito ¿me lo dejas?
-“E” Patan, yo soy su mamá, no sabe ir solo.
- Ah! ¿y se porta bien?
Así comenzó una conversación que fue consiguiendo más adeptos del grupo de los seis o siete jóvenes (entre chicos y chicas) que terminamos comentando sus gustos sobre música, viajes, y con su extrañeza de que unos “vejestorios” como nosotros tuvieran los mismos gustos que ellos.
Mientras tanto en la fila de atrás se sentaron una pareja de nuestra edad con otro bebé más o menos de la misma edad que Diego. La verdad es que casi no me fije en su aspecto, aunque si en el niño que, sentado en las rodillas de su madre, se acerco a mi pelo y me dio un buen tirón.
El pequeño grito que lance hizo que nuestra conversación con Bea y sus compañeros se cortara y que nos giráramos hacia ellos.
Diego se puso de pie sobre Juan y se dio la vuelta hacia el otro bebé. Acostumbrado a la presencia de Julia parecía encantado con alguien de “su tamaño”, y daba la impresion de que queria irse a conocer a un nuevo amigo, mientras yo iniciaba la típica conversación con su madre: “no pasa nada”, “que rico que es” , “¿cuánto tiempo tiene?..
Creo que hasta este momento los recuerdos están ordenados y puedo revivirlos como si se tratara de una película, pero a partir de aquí tan sólo tengo imágenes sin hilazon, como si se tratarán de un mal sueño o de un montaje de fotos que se suceden una tras otra, superponiendose unas a otras y desvaneciéndose cuando intento fijarme en ellas.
Lo peor es que a Juan le pasa lo mismo y aunque intentemos “sumar” nuestras imágenes no conseguimos aclarar las sensaciones ni ordenar el relato.
Algunos psicólogos a los que acudimos para acallar nuestra angustia y nuestra culpa nos hablaron de cierto síndrome que llamaban estrés postraumático e insistían en la normalidad de nuestras sensaciones y sentimientos, como si de verdad pudiera ser normal que un hijo desaparezca delante de tus ojos y no ser capaz de ver el momento en el que se alejaba en otros brazos que no son los tuyos y no poder impedirlo.
Si hubiera un sentimiento más allá de la angustia sería el que Juan y yo experimentamos desde aquel día, casi desde el momento en el que el cantante salió al escenario y Bea y sus compañeros comenzaron a bajar hacia el escenario para escucharle desde las primeras filas. Julia quería seguirles y, esta vez, fue Juan quien corrió tras ella.
Diego estaba en brazos del hombre y se reía tocando la cara del otro bebé mientras yo conversaba con ellos.
Recuerdo un rugido, la imagen de una mujer sujetando una correa que la arrastraba a través de los ventanales del pasillo, a Julia en brazos de Juan subiendo para ver qué producía el sonido, gente a mi alrededor que se apiñaba, a mi misma caminando entre la fila de butacas para llegar a los escalones que subían, a la pantera negra enorme que arrastraba a aquella mujer, la cara de felicidad de Julia pegada a los cristales, la sonrisa de Juan mirando a Julia..., pero no recuerdo el último momento en el que vi a Diego, no recuerdo si sonreía o lloraba, si quería venir conmigo o estaba feliz en brazos de otra persona.
Diego no sólo desapareció, también desaparecieron mis últimos recuerdos de él.
Bloqueo. Sólo bloqueo. Un agujero en el interior con una fuerza que todo lo arrastra para llenarlo pero nada lo llena.
Miradas, interrogaciones, culpa, incredulidad, nerviosismo, la cara de Julia entendiendo que algo no va bien, su mano en mi mano, el abrazo de Juan… caras y caras a nuestro alrededor, sin que ninguna sea la que queremos ver, preguntas sin respuesta…
No se si será cierto que cuando morimos vemos nuestra vida ante nuestros ojos, pero yo vivía una y otra vez toda la vida de Diego junto a nosotros y todas las preocupaciones (la hipoteca, mis kilos de más, las rutinas de nuestra vida) que hasta entonces tenia como la cosa más absurda del mundo.
Sólo había una realidad: Diego no estaba, Diego no estaba, Diego no esta...
Me imaginaba su llanto, sus manos en mi pelo, su sonrisa al despertar, su calor, sus abrazos y sólo sentía el vacío.
La esperanza: Diego esta bien, es una tontería, en un segundo estará con nosotros.
La alternancia entre la desesperación y la esperanza es una lucha en la que va ganando la primera según avanza el tiempo.
Preguntamos en recepción por la pareja que creíamos que tendría a Diego, no la habían visto, ninguno de los huespedes respondia a la descripción, no había nadie que nos hablará de ellos. Alguien llamó a la policía, incluso creo que vino algún psicólogo de emergencia. Nos hicieron preguntas para las que no teníamos respuesta, y en ese momento nos dimos cuenta por primera vez de la extraña sensación que Juan y yo compartíamos: no teníamos recuerdos organizados pero eran iguales y los vacíos en nuestra memoria eran los mismos.
Junto con Diego desaparecieron también las únicas personas que vieron a la pareja del bebé. Bea y sus compañeros nunca aparecieron, la policía no pudo encontrar su pista. Tan sólo nosotros podíamos decir cómo eran aquel hombre y aquella mujer, pero nuestras indicaciones eran tan indefinidas que en algún momento pasamos a ser sospechos de la desaparición de nuestro hijo.
Nos obligaron a quedarnos unos días más en el hotel mientras la esperanza tenia sentido, pero cuando ya todo decía que Diego tardaría en volver o no volvería, la decisión de volver a casa se iba imponiendo al sentimiento de que abandonábamos cualquier lazo que nos mantenía unidos a Diego.
Mi querida Ana: No es el cariño, es la admiración por tu fuerza, tu fuerza vital que se expresa en palabras, que convierte un sueño extarordinario en un relato, en un embrion de literatura con mayusculas...
ResponderEliminarMi rendida admiración y mi amor incondicional.
Te quiero, te admiro, sigue...
Un amigo de Carmen y Eduardo.Decirte que es preciosa la "novela"(espero que sea novela), de tu sueño que estas escribiendo ,tiene una fuerza y una intriga que nos sujeta ,asi como un toque de angustia que se queda en nuestra garganta sujeto.Animo,no hay camino se hace al andar,asi que continua esta hermosa novela.Rene
ResponderEliminarMuchas gracias Rene, la verdad es me hace muy feliz vuestros comentarios. Es una tonteria de relato pero es genial que alguien a quien no conozcas le guste. De nuevo muchisimas gracias.
ResponderEliminarAna
Hola Ana , ni te imaginas la angustia que trasmites en tu relato.A veces no tengo siempre a la vista a las niñas y.....me ha dado que pensar .No nos dejes con la intriga , espero el siguiente capitulo con impaciencia .Eres genial
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