No podía entender qué era lo que estaba haciendo allí. La miraba y lo único que hacia era intentar recordar las razones por las que había aceptado ir a verla a la cárcel.
La mujer de Pedro me miraba desde su elegancia a pesar de que todo a su alrededor era vulgar.
Quise sentir odio, rencor, la rabia que experimentaba día a día, segundo a segundo hace escasos dos meses, pero su mirada limpia me atravesaba y me invitaba a la tranquilidad.
Había ido allí, ahora lo recordaba, con la intención de entender, más que mostrar mi dolor, quería saber porqué.
María, así se llamaba, no se atrevió a darme el abrazo que había iniciado, pero pude notar que mi presencia la alegraba y que su mirada, que hasta el momento en el que me vio era apagada, cambiaba con una chispa de esperanza.
¿Por qué me había llamado? ¿Qué querría de mí? ¿Sería una estrategia de su abogado?
Sus primeras palabras fueron para agradecerme mi visita, y después para pedirme perdón por haberse llevado a Diego de nuestro lado.
Sólo escuchar el nombre de mi hijo en su boca hizo que la pesadilla volviera a repetirse dentro de mi, volvía a recordar aquellos primeros minutos de esperanza y desesperación en los que buscábamos a Diego por todos lados, me perdí en mis recuerdos y no escuchaba lo qué me hablaba hasta que oí:
- Yo amaba, y sigo amando, a Pedro…
Quise hablar, chillarle que a mi no me importaba nada de lo que sintiera por aquel hombre, pero la sorpresa de que hubiera empezado a hablarme con una declaración de amor me lo impidió.
- Nunca había conocido a nadie como él. Nada de lo que antes les había gustado a mis anteriores novios o era admirado por mi entorno le llamaba a la atención. No fueron mis ojos, ni mi boca, ni mi estilo lo que él quería, tampoco le importaba mi dinero ni mi nivel social. No era un patán nuevo rico que pretendía casarse con la niña bien de la sociedad para mejorar su estatus. Tampoco intentaba impresionarme con lo que había conseguido, no hacia ninguna ostentación de lo que ganaba…
¿Qué era aquella cháchara? ¿A qué venia? Aquel hombre me había causado el dolor más grande que cualquiera pudiera sentir y ella le describía como el amante ideal de las novelas de amor de adolescentes, estuve a punto de levantarme, creo que casi comencé el movimiento pero una mano de María se acercó a la mía y me detuvo.
- Sé que lo que le cuento no le importa nada, pero por favor, déjeme hablar, déjeme que le cuente porqué le ayude, y por qué no podía traicionarle.
La necesidad de saber me sentó de nuevo. María comenzó su relato mientras mi silencio la acompañaba, sólo estaba pendiente de sus palabras.
“Pedro, como ya sabes, era un hombre de pueblo que se hizo a si mismo. Comenzó trabajando en el pueblo y sólo se dedicaba a su madre y a su tienda. No se le conoció novia, ni hubo rumores de amantes hasta la treintena, cuando su negocio comenzó a despuntar.
Entonces, comenzaron a relacionarlo con la hija del dueño de la fábrica de galletas, una chica bastante más joven que él, tendría unos dieciséis o diecisiete años. Todo el mundo pensó que se liaba con la chica para llegar al dinero del padre, que casándose con ella conseguiría más que con su negocio.
Ella parecía una chica frágil y manejable, que podría ser fácilmente engañada. Tan sólo acertaban en lo de frágil porque, la realidad, a todos los ojos oculta, demostró que era ella la que manejaba a su padre y a Pedro a su voluntad.
Pedro no había cambiado, seguía sin estar interesado en nada más que no fuera su negocio y su madre, pero un día ella entró en la tienda y decidió que sería su mujer. Se encaprichó de la seriedad de Pedro y del aire de bondad y ternura que le rodeaba.
Comenzó un acoso adolescente: ella se hacia la encontradiza con él en todos los lugares imaginables del pueblo, se inventaba tareas y reparaciones absurdas en su casa para ir a la tienda y esperaba a la puerta hasta que era Pedro el que la atendía. Pero Pedro parecía que no se daba cuenta de nada, aunque en su interior, según me contó el más tarde se sentía abrumado y también halagado. Los del pueblo comenzaron a presenciar estos encuentros y, lejos de pensar en que era ella la que los organizaba, difundieron los rumores de que Pedro rondaba a la chica. Supongo que todos somos simples y nos es más fácil creer en un hombre que decide conseguir el dinero por unas faldas que en un capricho de una adolescente.
Los cuentos llegaron hasta el padre de la chica, que como todos, pensó que era Pedro el responsable de estos encuentros y decidió acabar con la situación. El pobre hombre ya era mayor y no tenía más que a esta hija y la había mimado en todo aquello que ella pedía. Un día llamó a Pedro y este acudió a la fábrica pensando en algún encargo para la tienda.
El hombre intentó chantajear a Pedro para que abandonara la persecución de su niña ofreciéndole el dinero que pidiera. Pedro se sintió ofendido e intento, sin mucho éxito, explicar la verdad, que era ella quien le perseguía y que no podía hacer nada por evitarlo. Aquella conversación tuvo en Pedro casi el efecto contrario de lo que pretendía el padre de ella: si hasta ahora se sentía halagado por el cerco al que le sometía la chica, pero sin llegar a creérselo del todo, le convenció que ella le amaba y por primera vez en su vida sintió la necesidad de una pareja.
A partir de ese momento, cada vez que se encontraba con ella, le devolvía las sonrisas, le hacia algún comentario sobre cualquier cosa e iniciaban una conversación. Comenzaron a citarse, siempre fuera del pueblo, siempre en lugares lejos de las miradas de todos y entonces, cuando de verdad se liaron, se acabaron los rumores en el pueblo: dejaron de verla entrar en la tienda, ya no los veían en cualquier calle, ella parando su moto y el deteniendo su paseo, ya no se los encontraban lanzándose miradas en el bar de la plaza.
La chica se quedó embarazada y casi cuando Pedro se le salía el corazón por la alegría de ser padre y le iba a hacer una proposición de matrimonio, el padre de ella se enteró y se la llevó del pueblo. Se fueron los dos y Pedro no volvió a saber de ella. El dolor de perder lo que acababa de descubrir, el poder de sentirse acompañado en todo momento, hizo que Pedro se concentrará aun más en su tienda y coincidió con el inicio de las urbanizaciones con lo que Pedro se hizo rico, y las malas lenguas unieron la desaparición de la chica y el dinero de Pedro y decidieron que el padre le había pagado para que la dejara en paz.
Casi dos años después, recibió una llamada del padre citándole en la capital. Pedro acudió con más curiosidad que ganas de recuperar a la chica y a su hijo porque, en el tiempo transcurrido casi los habían olvidado.
Se encontró a un hombre envejecido, con más dolor en su mirada que carne sobre sus huesos, le estrecho la mano y, según me contó Pedro, sintió que con ese gesto le transmitía una gran responsabilidad.
El hombre hablaba despacio, casi en un susurro. Comenzó pidiéndole perdón por haberse llevado a la chica lejos, le contó que ahora entendía que había sido ella la que le acoso hasta conseguir que cayera en sus redes. Con su palabrería fue consiguiendo que las defensas de Pedro se fueran bajando y estuviera listo para aceptar su plan. ¡Su maldito plan!
Si, ella se había ido embarazada, pero ya durante el embarazo el padre comenzó a notar que algo no iba bien, que ella parecía que en algún momento perdía la realidad, ya que hablaba de Pedro como si lo acabará de ver y contaba los planes de futuro que ella y su hijo tendrían con él.
Cuando nació el niño se tranquilizó pero aunque este tenía un aspecto regordete y sano, los médicos diagnosticaron un problema sin solución y el niño murió a los seis meses. Desde ese momento ella se volvió loca, lloraba todo el día incapaz de aceptar la muerte del bebé, fabulaba que se lo habían robado y que en algún momento lo encontrarían, amenazaba al padre con cualquier cosa si no llamaban a la policía, su hijo tenía que volver.
Al principio el padre pensó que si le daba una ocupación se tranquilizaría y organizó la pequeña nave que visteis como si fuera un almacén con la ayuda del más fiel de sus trabajadores simularon un negocio que en realidad no existía, la fabrica de galletas cerró y el padre y aquel buen hombre se dedicaron a cuidar de ella dándole trabajos que ocuparan su mente y su tiempo.”
La mención del almacén hizo que recordará aquel momento en el que, junto aquella mujer, recorrí el pasillo hasta que llegar a la puerta tras la que podía estar Diego vivo o muerto, y volví a sentir aquella necesidad de no saber, de preferir mantener la esperanza a la confirmación de que Diego ya no estaba. Comencé a entender a aquella mujer que ante la muerte de su hijo inventara un secuestro que tendría un final feliz: la esperanza es más tentadora que el dolor de la pérdida.
“Todo funcionó durante algún tiempo, la chica parecía que se tranquilizaba, pero no duro mucho, volvieron los gritos, los llantos, la desesperación y un día cuando daban un paseo para distraerla por la ciudad, la perdieron de vista. Cuando la desesperación del padre era casi como la de la chica ella regresó tranquila, con una mirada llena de luz y con un niño de más o menos seis meses en los brazos.
Ella hablaba y hablaba con una sonrisa permanente en los labios del regreso de su hijo, se lo mostraba al padre una y otra vez, y él, no podía hacer otra cosa que llorar sabiendo que había recuperado a su hija pero que tendría que volver a perderla al arrebatarle al bebé de sus brazos para devolverlo a sus padres. Pero la felicidad da fuerzas para superar el bien o el mal, el egoísmo fue superando las barreras de la justicia y, al principio, el padre pensaba que no pasaría nada por disfrutar de su hija una tarde, una mañana más, un par de días… Y así fue dejando pasar las semanas y de repente se dio cuenta de que ya no podía devolver a aquel niño, de que no tendría fuerzas para desprenderse de la alegría de su hija.
Regresaron a la nave y a las rutinas que ya habían instaurado para simular un trabajo que en realidad no existía se añadieron las de cuidar de un bebé ocultándolo de todos.
Pero aquello tampoco trajo la estabilidad, según el niño iba creciendo a la chica le volvía la locura, o recuperaba la cordura, porque comenzaba con comentarios aislados en los que no reconocía al niño, para al segundo siguiente decir que los ojos, o la boca, eran igual que los de ella o los de Pedro. Cada día iba sentía menos al niño como suyo, pero comenzó con otra fabulación: le habían cambiado de niño y el suyo habría que recuperarlo. La presión sobre el padre volvió, pero el ya estaba enfermo y moriría dentro de poco y por eso había llamado a Pedro: quería que fuera él el que cuidara de ella y del pequeño.
Pedro, que al principio se había escandalizado, recordó la felicidad que había conocido con la chica, aquella alegría que lo acompañaba a todas partes y junto con los recuerdos le cayo el peso de la responsabilidad. Porque todavía no sé si fue él o el padre que lo manipuló, pero lo cierto es que Pedro comenzó a sentirse culpable de lo que había ocurrido y como lo único que había hecho en su vida había sido proteger a su madre, decidió que también tendría que proteger a aquella chica y al niño.
Cuando el padre murió la chica ya estaba casi fuera de si, reclamando a su hijo una y otra vez, insultaba a Pedro por no hacer nada, hasta que llegó un momento en el que Pedro temió por la salud del niño y por la de ella.
En uno de los viajes que Pedro hizo para abrir una franquicia de su tienda, dio un paseo por la ciudad cuando ya había abandonado el hotel y se sentó en un parque, y se encerró en sus pensamientos hasta que en un momento determinado vio como una madre abandonaba a su bebé para ir a atender al hermano mayor que se había caído, y sin saber muy bien lo que hacia se vio a si mismo con el bebé en los brazos corriendo hacia el coche y alejándose.
Llego a la nave y le entregó el bebé a la chica, y vio la luz que volvía a su mirada y ya no tuvo fuerzas para deshacer lo que había hecho. Ella no se extraño de que su “hijo” no hubiera crecido en todo ese tiempo y lo cogíó en sus brazos acurrucándolo, se lo enseño al otro niño y sonrío. Por un momento parecía que todo estaba en orden que sólo había una familia, con una joven madre que le mostraba el hermano pequeño al mayor.
Ella cuidaba de los dos niños, nunca pensó en devolver al mayor, al que daba por abandonado o adoptado por su padre. Pedro pensó que ya lo habían conseguido y dejó en manos de aquel hombre fiel el cuidado de los tres. Pero la historia se repitió, al cabo de un tiempo la chica volvía de su locura a una cordura aun más loca y reclamaba a su hijo de nuevo, pero Pedro que en algún momento llego a pensar que con ella y los niños tendría su familia, ya no podía más, no podía estar con ella ni con los niños sin sentir la culpa, el peso de los dos secuestros y se alejaba cada vez más de ellos. Sólo quedaba su sentido de la responsabilidad, la promesa que le había hecho al padre de cuidar de ella.
Pero las demandas de ella cada vez eran más fuertes, no podía mirar a aquellos ojos y en otro de los viajes volvió a secuestrar a otro niño. De nuevo la respuesta de ella fue la misma: acoger al bebé como suyo. La nueva tranquilidad permitió a Pedro alejarse e incluso olvidarse de toda la historia.
En uno de esos viajes me conoció, me dijo que le llamó la atención mis ojos limpios, la frescura de mi risa, y que no le trataba ni como a un patán de pueblo (como el se sentía) ni como a un nuevo rico (como pensaban los demás). Comenzamos una relación tranquila, donde la fascinación del uno por el otro cada día era más fuerte: yo descubría su inteligencia, su tesón; el descubría ni capacidad de dominar el mundo, mi rapidez de pensamiento; yo me enamoraba de su bondad, el me mostraba mi capacidad de hacer felices a los demás…
Nos casamos y comenzó la época más feliz de mi vida. Pedro nunca me contó nada de los bebés, vivimos unos meses de perpetua luna de miel aunque suene muy cursi. Me quede embarazada y nació nuestro hijo, cuando llegó el verano pensamos en irnos a la playa unos días y nos fuimos a un apartamento de unos amigos cerca del complejo de vacaciones en el que vosotros estabais.
La noche antes de la partida, después de acostar al niño Pedro me miro más serio que nunca y yo pensé que me dejaba, que nuestra historia había acabado, que se había cansado de la niña pija y que me devolvía, por eso cuando me contó la historia de los bebés más que escandalizarme sentí un alivio enorme.
Mi amor por él me arrastró en esta historia de locura, no fui capaz de poner ni un pero y cuando al final me dijo que todo había vuelto a empezar que otra vez estaba todo fuera de control y que tendríamos que darle otro bebé mi primera reacción fue mirar al nuestro pensando que era eso lo que él quería: entregarle al niño a ella.
Debió adivinar mi miedo y me tranquilizo diciéndome que nada ni nadie me separaría de nuestro hijo pero que tendríamos que coger otro más, y que el momento ideal era al día siguiente porque nos íbamos de allí, y que nuestra presencia no se había quedado registrada en ningún lugar.
Esa noche no pude dormir, me debatía entre mantener mi vida como había sido hasta entonces y el dolor que sentirían los padres y madres de aquellos niños que habían desaparecido de sus vidas. Por la mañana llegue a la conclusión de que ayudaría a mi marido, pero que, para tranquilizar mi conciencia, intentaría dejar pistas a los padres del bebé que cogiéramos, para que fueran otros los que pusieran fin a aquella historia: dejaba en manos del azar lo que yo no tenia fuerzas para hacer. Por eso preparé la tarjeta con la nota y la metí en el catálogo del centro vacacional y le pague a una limpiadora para que lo metiera en vuestras maletas.
Ese pequeño gesto tranquilizó mi conciencia durante unas semanas pero cada vez que abrazaba a mi pequeño no podía dejar de pensar en ti. Por eso aproveche mis contactos de diseño y encargue la caja, que metí entre el pedido que habían hecho tus familiares y que esperaba en la puerta de tu casa a que lo metieran dentro, mis amigos medio hakers me enseñaron, como si fuera un juego, a mandar email desde cualquier dirección.
Pero lo que no sabia era el peligro que corrían los niños en aquella nave, con aquella vecina fumigando todo con herbicidas e insecticidas y que se filtraban por las paredes de la habitación en la que estaban.
Lo siento, lo hice por amor, como todos los demás…”
Ya no escuche más, ya no podía más… No sé si ella esperaba algo de mí, pero no pude decir ni una palabra, tan sólo me puse de pie y salí de aquella habitación en la que, de repente, no podía respirar.
Los jirones de esta historia, los retazos de humanidad con los que todos habían ido tomando sus decisiones, el mal y el bien, se mezclaban con los recuerdos de mi mano a punto de abrir la puerta tras la que podría estar mi hijo, cuando un estruendo llego a mis oídos, y pude ver a Paula, la agente de policía, sonriendo a mi lado abriendo la puerta que yo no me atrevía a abrir y saliendo de aquella habitación con Diego y dejándolo en mis brazos.
Tal vez, el recuerdo de su calor, de sus ojos abriéndose poco a poco, de su sonrisa tenue hizo que casi, sólo casi, entendiera a María y a todos los implicados en esta historia.
No había leído esto hasta hoy... Que he visto "Hierro" y me he acordado porque el niño de la peli también se llama Diego. Vete a verla que hay ciertos paralelismos!!
ResponderEliminarBesos humanizadores!